Una dependienta menuda y simpática me atiende en una tienda de ropa. Yo siempre pregunto, es que no sé callar. "¿Qué? ¿Cómo van las ventas?". "Pues no muy bien, la verdad, ya sabes cómo está todo...". La ropa está colgada, la música demasiado fuerte para mi gusto, jóvenes americanos surferos nos miran desde los carteles con esa felicidad forzada en sus miradas y sus sonrisas blancas imposibles. La escenografía es impecable y solo faltan... los clientes.
La bajada del consumo es espectacular por mucho que el Gobierno sediento se agarre a los datos del paro y su disminución, como el náufrago en la última tabla que queda. Aquí las tablas son de surf y un vídeo machacón nos muestra esos locos que cabalgan olas inmensas. "Mi hermana está ahí, en Australia, y dice que no vuelve a España ni loca. Hizo estudios superiores de marketing, no encontraba trabajo y se fue. Y eso que está en otra cosa, cobrando poco, pero no vuelve". Pienso que historias como estas explican perfectamente la realidad. Una joven que no ve en su país el escenario adecuado para tirar adelante con su vida. No solo eso, sino que se va a las antípodas, lejos de todo. Y no va a surfear precisamente, quizás trabaje de camarera. Mientras los políticos siguen discutiendo a ver quién le pone el cascabel al gato y algún banquero empieza a pisar la prisión, los jóvenes, el verdadero futuro, se van por el sumidero de la crisis. Y no se van porque quieren y no hay que sacar pecho de eso, como hizo algún descerebrado en un ataque de demagogia surrealista.
Foto de un ciudadano europeo medio. Como puede apreciarse, se encuentra haciendo equilibrios boca abajo por lo que todas las monedas que llevaba en el bolsillo le han caído por la fuerza de la gravedad. De gravedad vamos sobrados en la Europa de los rescates, los bancos protegidos y los alemanes inflexibles. Giren ustedes la revista y reparen en la expresión del europeo. Parece tranquilo, pero en realidad está acojonado. Muy preocupado. Piensa: "Esta cuerda puede romperse en cualquier momento". Y claro, así no hay quien viva.
A menudo me preguntan si se puede hacer humor de todo, si hay algún límite. Suelo decir que, aparte de tu sentido común (eso, el que lo tenga), que te va guiando, sí hay un límite: ese límite es el dolor. El dolor, la pena, la tristeza... Grises sinónimos para un territorio estéril donde no hay broma que valga, donde no brota la sonrisa, donde no es de recibo plantear un solo chiste. Es cierto que luego está la famosa fórmula de 'tragedia tiempo = comedia'; pero cuando estás jodido, el tiempo pasa muy lentamente y la perspectiva no existe, todavía no la has vivido.
Pensaba en todo esto al conocer las últimas cifras del paro y ese maldito récord de los seis millones. ¿Dónde está la gracia? España es ahora un país triste. Cabreado, sí, pero también triste. De ceños fruncidos, pocas celebraciones y mucha mar de fondo. Así las cosas, ¿dónde nos colocamos los humoristas? Les confieso que a veces se te pasan las ganas. Ves el patio y piensas: "¿Pero cómo voy a mirar hacia otro lado? ¿Adónde voy con el surrealismo cachondo o el costumbrismo y las experiencias personales?". Piensas cosas así y luego te animas tú solo o te anima alguien inesperado. De alguna manera, es la misma gente la que te manda un chispazo.
Leí en Twitter un mensaje dirigido a mí: "Creo que ahora en España la única forma de contar lo que pasa es a través de los programas de humor". Cuando leo eso, me vengo otra vez arriba y pienso que ese debe ser el nuevo (o renovado) sentido de nuestro trabajo. (Ojo. Que cada uno haga lo que quiera. Yo no soy nadie para dar consejos). Lo que yo pienso es que ahora más que nunca debemos buscar la sátira entre las costuras de esta desagradable realidad. Convertirnos en válvula de escape de esta gran olla a presión. Humor casi terapéutico que no puede ni quiere olvidar lo que está pasando. Al revés. Humor con los pies en el suelo de la realidad por negativa que sea. Hay que pensar así y disfrutar de una risa útil, higiénica, renovadora, de la calle%u2026 Hay que hacerlo aunque haya seis millones de motivos para no salir de casa.
Entro en un bar a las ocho de la mañana para beberme cuatro cafés. Lo que sea para despertar. Me recibe una acalorada discusión entre clientes. Todos a grito pelado. Bueno, en realidad no es ninguna discusión porque están todos de acuerdo. Se trata de una, digamos, exposición airada de argumentos. Una rajada matinal, vamos. "Decían que iban a arreglarlo todo y ¿qué han hecho, eh? ¡Decidme qué han hecho!", pregunta retóricamente un señor mayor, blandiendo su muleta. "Se han arreglado ellos. Para nosotros, nada de nada", remata un agricultor, bocata en mano. "Como siempre", remacha otro. Sube el tono: "¡¡¡Ladrones!!!". "Eso, eso, ¡¡¡ladrones!!!". Recuerdo que son las ocho de la mañana y el propietario del bar me mira como diciendo: "Pues así todo el día y esto solo acaba de empezar".
Salgo del hemiciclo e intento encarar el día. Hace mucho tiempo se definía al español medio como un hombre bajito, moreno y cabreado. Yo diría que hemos vuelto a la antigua definición y por la puerta grande. Lo de bajitos es el peso de la paciencia que cargamos y morenos... bueno, estamos negros con la situación. Resumiendo: todos cabreados y todo el rato. A la que nos pinchan un poco.
P.D.: el tema de conversación era "el Gobierno actual", pero tiene múltiples aplicaciones. Prueben y verán.
Yo es que no me atrevo a desear "feliz año". Tiene algo de perverso, de inconsciente o naíf. La felicidad, siempre tan frágil, tan súbita, un pellizco cariñoso del alma, parece esconderse en estos tiempos de incertidumbre como los caracoles en su caparazón. ¡Fush! A la menor amenaza, ya se ha escondido... Yo asocio felicidad a bienestar, a servicios sociales dignos, a representantes políticos más concentrados en rescatar a las personas que a los bancos, a empresas modestas que pueden seguir trabajando, a familias que lleguen a final de mes... todo eso. Una vida sin lujos, vale, pero con dignidad. Felicidad es igual a tranquilidad. Al menos, en lo que está en nuestras manos. Luego la vida ya escribe su propio guión. Por cierto, que la palabra lujo se ha podrido. Ya está, ¿no? Lo he pensado mirando los anuncios de estas fiestas. ¿A quién se dirigen? ¿De qué planeta son esos jóvenes blancos como vampiros que deambulan por fiestas anunciando fragancias? Nunca necesitamos nada de todo eso, pero ahora se convierte en algo patético. Para mí un lujo son dos huevos fritos y un vaso de vino en buena compañía.
Pero todo eso -las condiciones climáticas para que surja la felicidad- ahora está emponzoñado, desenfocado, perdido o camino de ser perdido. La ola neoliberal que arrasa Europa es un tsunami disfrazado de austeridad (eso dicen), aunque se vea el cartón de siempre: bienestar para el que tenga pasta y un montón de listos esperando a ver si les toca una privatización. Y el dinero quieto, escondido, "hasta que pase todo esto". La izquierda, que fue garante al menos por definición del equilibrio social y tantas cosas, está en un rincón lamiéndose las heridas. ¡Vaya panorama! Preguntas a los que saben y vaticinan un 2013 quizás peor. Mejor no preguntar. Yo solo puedo desear un mejor año 2013. Y la felicidad... que cada uno la busque como pueda, la identifique, la blinde, la proteja... Vamos a tener que llenar los depósitos de optimismo porque ya vamos en reserva. Por nosotros que no quede. Ahora levantemos la copa y brindemos. ¿Alguien tiene un motivo?