Iker es uno de los mejores porteros de la historia. Un buen chaval con la cabeza amueblada que, a pesar de ser entrenado por Mourinho, sabe pedir respeto para sus rivales. Ella es una muchacha de mirada fría y una voz más bien grave, un poco aséptica.
Él sigue ganando como si nada, ella está en el medio de un huracán. Pero es que encima son novios y entonces el periodismo (o lo que queda de él) empieza a rechinar y ella se pone una camiseta de la selección para informar (?) y de los nervios se le escapan algunos errores y los españoles (siempre con la chanza a punto) abren la caja de las bromas. Todo muy lógico y muy raro al mismo tiempo. Hasta cuando ganamos títulos somos diferentes.
Soy así de tajante, qué quieren que les diga. Estos días, con motivo del arranque de los Juegos de Londres y la conmemoración de los veinte años de Barcelona, la nostalgia se ha cebado en mí con su dulce latigazo. Por decirlo de una manera rápida: es la mejor experiencia que he vivido en mi vida, a todos los niveles. Y creo que hablo en nombre de miles, de millones de personas. Fue un tiempo en el que fuimos felices, capaces de afrontar el mayor reto de nuestra historia moderna, fuimos anfitriones generosos, emprendedores sin límites, estábamos unidos ante un objetivo común, subimos veinte peldaños en la escalera que lleva a la modernidad y todo eso... Lo vio el mundo entero. No me digan que fue un sueño, porque no lo fue. Fue una realidad magnífica, brillante, de colores, de alegría y de profesionalidad.
Estos días me pregunto cómo hemos podido llegar a estos lodos desde aquellos campos en flor. Cómo hemos dejado que oscureciera y se empañara aquel espíritu olímpico. No era un eslogan, ¡era de verdad y lo protagonizábamos nosotros! No tengo la respuesta porque las sociedades son demasiado complicadas como para entender sus transformaciones y deformaciones. Solo he pensado una cosa: dicen que el éxito de Barcelona 92 fue mérito de la gente. La misma gente que ahora (y se nota) está empujando con su inconformismo y su indignación el cambio lento pero implacable de un mundo enfermo, de un capitalismo que se muere. La gente, nosotros, somos los únicos capaces de provocar milagros. Y lo vamos a volver a hacer. Quizá la llama olímpica no esté apagada. Estos días quiero confiar en eso.
Si te gusta el fútbol, te tiene que gustar la selección. Es un gozada verles jugar. Si eres del Barça, tienes que estar orgulloso de como juega la selección, porque es un reflejo, una proyección, otro reconocimiento más. Yo creo que el debate identitario español, catalán o vasco, debería respetar y no manosear la selección. En todos los aspectos y desde todos los ángulos. Sin imperialismos, sin sombras de ningún tipo. La controversia nacionalista no la arreglará la selección. Eso se trabaja en el parlamento, en otros ámbitos, con amplitud de miras y espíritu conciliador. Respetando todas y cada una de las sensibilidades que conforman el estado español. Un trabajo para el que no todos están preparados. Es otro asunto y muy importante.
Pero el fútbol... El fútbol mejor dejarlo al margen. Y disfrutarlo. La cabalgada de Alba, el cerebro sensato de Xavi, la genialidad normalizada de Iniesta, Cesc, Busquets, Piqué, tantos... Es fútbol y del bueno. Histórico, legendario. Ellos son futbolistas, no embajadores. No les pidamos más con lo que nos han dado. Soy del Barça y me gustó verles coronarse una vez más. Fútbol, fútbol, fútbol... Gracias.
La angustiosa situación actual es como un chicle pegado a la suela del zapato en pleno verano. Es decir, pegajosa, molesta, de difícil solución. ¿Imposible? No lo sé. Yo no tengo suficientes conocimientos para saberlo. Yo, como la mayoría, soy un espectador "infoxicado". Intoxicado de tanta información que va acumulándose en mi limitada cabeza.
Ahora me dicen que las elecciones griegas son determinantes para ese ente llamado "zona euro". Vale. Más madera. También he escuchado a la Merkel recordar que la capacidad salvadora de Alemania no es infinita. Y otra más: España se acerca al rescate total y eso es imposible dado nuestro tamaño.
Ni Nostradamus podría ser tan oscuro y agorero. Más chicles en los zapatos. ¿Saben qué? Me voy a ver a la selección española de fútbol. Es lo único que me relaja. Son buenos, currantes, tienen calidad, modestia y generan ilusión. Yo les compraría un traje y los pondría de ministros. Y Vicente del Bosque, presidente. Se le ve buena persona.
Escribo estas líneas sin saber exactamente el nivel de silbidos que se escuchó en la final de Copa, cuando sonó el himno español. Hablo de la Copa del Rey sin Rey. Una Copa sin Esperanza, la presidenta, que a pesar de vaciar un bidón de gasolina sobre los ánimos de las dos aficiones, se quedó en su casa. Quizá se quedó pendiente del teléfono, esperando que le digan a cuánto asciende el agujero de Bankia. Si es que alguien lo sabe, claro. Yo haría una porra entre los contribuyentes. Y de regalo, una cadenita de esas con las que los bancos ataban los bolígrafos. Ataban los bolígrafos con cadenita y los perros con longanizas. Y ahora se habla de un gran banco nacional formado de bancos rescatados. Un banco patera.
Fútbol inflamado, economía en ascuas, mundo recalentado... Según dicen, Pep Guardiola planea irse con su familia a pasar un año sabático a Nueva York. Quizá allí sí que vayan silbando a trabajar. Aquí vamos sobrados de enanos (porque nos han crecido los enanos), pero solo se silba en los estadios contra una realidad que nos incomoda. Lo de ir a trabajar ya es una suerte reservada para muy pocos.