Cada minuto que pasa se deteriora un poco más la imagen de la Casa Real. Es un tobogán de descrédito y su consiguiente desafección popular. Pero lo más interesante resulta ser el seguimiento informativo del proceso de descomposición de la corona. Donde antes había un silencio (legislado y amenazante), ahora hay datos sonrojantes y mucho cachondeo popular.
Hay de todo. En el último número de Lecturas (la revista que le compro a mi madre), aparece en portada una infanta Cristina seria y ojerosa con el titular: "Cristina espera un milagro". ¡Un milagro! En el interior, una crónica calculada al milímetro en la que Urdangarín es el malo; la Infanta, no queda claro; la Reina, en el extranjero, "más solidaria que nunca"; el heredero, en su discreto tercer plano; y el Rey... (ahí está el tema), preocupado por cómo van las cosas. Una crónica de suave y edulcorada —sacarina, ya no azúcar— periodismo rosa y azul que refleja solo un 20 por ciento del verdadero malestar general. (Han sido muchos años de crónicas laudatorias de viajes y regatas, como para virar de repente al prerrepublicanismo).
Los escándalos reales se están cargando el mito del Rey garante de la democracia. Su inmunidad parece ser una alfombra que esconde cosas que no queríamos saber. Pero ahí están, y cada vez que Urdangarín baja la rampa del juzgado de Mallorca, toda la familia baja con él. Cada vez que un periodista habla del futuro de la monarquía, esquivando la incómoda verdad, un elefante se da de bruces contra un árbol en África. Seguiremos atentos.
Usted está leyendo esto, así que el mundo no ha terminado y ya podemos guardar en el desván de nuestros miedos infundados todo el rollo del calendario maya. Como mínimo, nos ha servido para no hablar de la crisis. Esta era la paradoja: la posibilidad de que todo se fuera al garete resultó ser un alivio en mitad del fango cotidiano. ¡Cómo estaremos! Escuché a alguien decir que "lo jodido no es que termine el mundo, sino que continúe tal como está". Y no le faltaba razón. Vienen días de buenos deseos, de Navidad descafeinada, de felicitaciones más laicas que otra cosa. Si hasta el Papa de Roma ha recortado el pesebre. Ahora dice que no había mula ni buey. Pues vale. Anda que no tiene otros problemas más urgentes la Iglesia por arreglar...
Lo religioso se va difuminando, poco a poco, cada vez más en estas fechas y se colocan en primer plano mensajes de crecimiento personal, de reflexión. Todo un poco forzado, la verdad. Recibo un mail con una estrella y una frase : "Lo esencial es invisible a la vista. Vive el presente". Lo intento, pero mira que es jodido el presente, ¿no? Yo lo que quiero es que todo esto pase rápido. Decía Cortázar que "en realidad, todas las cosas duran demasiado". La Navidad estaría a la cabeza de la lista. Pero, vamos, que tampoco quisiera amargarles "estos días entrañables". A ver qué dice el Rey en su discurso de este año. Tengo mucho interés en comprobar cómo puede hablar diez minutos esquivando todo lo que le afecta. Seguro que tiene buenos guionistas.
De "alucinante" o incluso de alucinógeno calificaría el concierto musical que celebraron en Londres para festejar el 60 jubileo de la reina. Vi a Robbie Williams rodeado de la Guardia Real entonando el "Let me entertain you", a Paul McCartney, Elton John, Stevie Wonder y a decenas de artistas más ante miles y miles de ingleses enfervorizados con su monarca. Banderas, himnos, imágenes de la sufrida posguerra, ovaciones... Un chute de autoestima con corona (colonias incluidas), fuegos artificiales y una Reina que no regala una sonrisa desde 1972 o así.
¡Los ingleses! Dicen que aman a su reina, aunque dudan y critican la institución y lo que cuelga: herederos que no heredarán, nueras díscolas o directamente estafadoras y lo más variado y estrambótico que pueda parir el papel couché. Esta movida no aguanta ni un minuto su traslación a España. Está nuestra monarquía para fiestas y conciertos... ¿Cuál sería el logo? ¿Un elefante? Aquí el Rey, mientras tanto, se ha ido a América a buscar dos cosas: dinero para nuestras arcas llenas de telarañas y credibilidad. Después del tropiezo africano, todo esfuerzo es poco. Le escuché decir: "Cuando trabajo mucho, como ahora, estoy muy bien". O algo así. Cómo cambian las cosas...
Escribo estas líneas sin saber exactamente el nivel de silbidos que se escuchó en la final de Copa, cuando sonó el himno español. Hablo de la Copa del Rey sin Rey. Una Copa sin Esperanza, la presidenta, que a pesar de vaciar un bidón de gasolina sobre los ánimos de las dos aficiones, se quedó en su casa. Quizá se quedó pendiente del teléfono, esperando que le digan a cuánto asciende el agujero de Bankia. Si es que alguien lo sabe, claro. Yo haría una porra entre los contribuyentes. Y de regalo, una cadenita de esas con las que los bancos ataban los bolígrafos. Ataban los bolígrafos con cadenita y los perros con longanizas. Y ahora se habla de un gran banco nacional formado de bancos rescatados. Un banco patera.
Fútbol inflamado, economía en ascuas, mundo recalentado... Según dicen, Pep Guardiola planea irse con su familia a pasar un año sabático a Nueva York. Quizá allí sí que vayan silbando a trabajar. Aquí vamos sobrados de enanos (porque nos han crecido los enanos), pero solo se silba en los estadios contra una realidad que nos incomoda. Lo de ir a trabajar ya es una suerte reservada para muy pocos.
Príncipe de una monarquía desconocida, esperando a ser besado para recuperar su forma humana. De momento espera sentado, lo que explicaría la delicada situación que atraviesan las relaciones entre la monarquía y la ciudadanía.