Cuando mueren los malos, una parte siniestra de nosotros mismos se alegra. Y nos embarga una desazón : «¿Seré como ellos?». La respuesta es: no.
Cuando muere un malo, pasa como en las películas. Estalla en mil pedazos y desprende una energía incontrolable que se alza hasta las nubes con un espantoso grito de dolor hasta que desaparece en mitad de una ventolera.
Nuestra supuesta maldad es tan sólo el reflejo de la negritud de su alma que, como un hongo atómico, abandona para siempre nuestras vidas.
La gente normal y corriente, no entramos en los parlamentos a punta de pistola, ni hacemos desaparecer a nadie, ni robamos a los demás. Pinochet, sí. Porque era malo.