¿Guerras humanitarias?

Domingo, 8 de septiembre de 2013

Decía el gran Groucho Marx que «inteligencia militar» es un concepto contradictorio en sí mismo. Pues lo mismo pasa con la «guerra humanitaria», ¿no? Peor, si cabe. La guerra llega cuando los militares usan a fondo toda su inteligencia. Metáforas aparte, una guerra es un fracaso. El fracaso de la política, de la buena voluntad, de la paz, de la libertad, de todo lo relacionado con la condición humana. O con lo que debería ser la condición humana. Lo que sucede es que no aprendemos ni a tiros, y nunca mejor dicho.

Decir que una guerra responde a razones humanitarias debería hacer caer la cara de vergüenza al que lo argumenta. Ahora, con Siria, vuelve el viejo tema y, con él, vuelven las mentiras interesadas, las verdades a medias y, sobre todo, los intereses económicos. ¿Por qué no se aclaran  con el comercio internacional de armas de una maldita vez? ¿Qué tal un acuerdo que prohíba su venta y su tráfico? No importa si eres rebelde, del imperio o que la fuerza te acompañe. Ni un arma más. ¿Firmarían eso? Más bien imposible en  el gran teatro de la política mundial. Con esos países poderosos que conforman el Consejo de Seguridad de la ONU, donde nadie dice lo que piensa de verdad, ni lo que conviene realmente para la estabilidad mundial porque significaría dejar de ganar mucho dinero. Tan solo piensan en ellos, en el equilibrio de fuerzas, en sus «aliados» (otro concepto tergiversado y viciado). Amparándose en eso tan abstracto que han acuñado -«geopolítica»-, dejan que los problemas se pudran mientras no salpiquen demasiado. Hasta que, claro, se desatan los fanatismos, se recrudecen y enloquecen los conflictos y «se ven obligados» a intervenir. ¿Quién obliga a seguir matando, donde ya reina la muerte?

Han dejado a Siria a la deriva, no se ha propiciado un buen escenario de negociaciones, se ha mirado hacia otro lado y ahora se pretende arreglarlo con intervenciones militares. ¡Sí, claro…! Lo peor (por seleccionar un momento), ese hombre llamado Obama, premio Nobel de la Paz, sacando brillo a los cañones y hablando delante del monumento a Lincoln con motivo de los cincuenta años del «I have a dream». Me pregunto que diría Luther King ante tamaño despropósito. Yo sí que he tenido un dream: he soñado que los países se ocupaban solo de que sus ciudadanos vivan en paz, amparados por una justicia social para todos. He soñado que en los conflictos internacionales solo se planteaba el diálogo y que no había armas, ni ejércitos. Luego he despertado y el dinosaurio seguía allí.

«El Berenjenal» en Interviú.

Como comportarse ante la tragedia

Jueves, 5 de septiembre de 2013

La tragedia es ese manto oscuro, una cortina translúcida de tristeza que llega sin avisar y transforma la vida, lo cambia todo. La tragedia es la expresión más radical del dolor colectivo que anula la alegría (se diría que la ahoga) y nos pone ese nudo en el estómago, nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. No nos merecemos la tragedia. Nadie se la merece, y cuando aparece, araña nuestra alma con sus garras y no sabemos qué hacer. Nos desenfoca, nos distorsiona, nos altera… La maldita curva a cuatro kilómetros de Santiago se ha convertido en el epicentro de esa tragedia indeseada.

Alguien me decía por Twitter: «Cada día hay cientos de tragedias en el mundo». Sí, vale, pero el ser humano no puede gestionar tanto dolor y es normal que le afecten las más cercanas y piense: «Podía haber sido yo». Esa diabólica lotería. Como también es normal que se busquen explicaciones en este mundo actual tan inmediato e interconectado. «¿Por qué corría tanto ese tren en una zona limitada?». En las mismas redes aparecieron mensajes de sensatez. «No al linchamiento del maquinista». «No al juicio prematuro y sin toda la información». Estoy de acuerdo y me parece un signo de madurez social que se expresara todo eso y que se hiciera todavía con las ambulancias yendo y viniendo.
Así lo pensé.

Ahora creo que quizás me equivoque retwiteando una información donde se publicaban fotos y comentarios sobre el gozo de la velocidad en Facebook, por parte del mismo maquinista meses atrás. Una página que se borró tras el suceso. Confieso que no había ningún ánimo de linchamiento. Yo no soy así, ni la mayoría de la gente es así. Tampoco creo que el diario en cuestión lo pretendiera. Se trataba, se trata, de buscar esas explicaciones, de explicar lo inexplicable. «¿Por qué corría tanto ese tren?». Como si la explicación calmara el dolor, cosa que no es cierta, pero, insisto, está en nuestra condición humana. Todo volverá a una normalidad, pero no sirve esa palabra. Normalidad. Ya nada será normal para cientos de personas. Por el respeto a las víctimas, además de nuestro apoyo, quizás podríamos revisar cómo nos comportamos ante las tragedias. Todos: ciudadanos, periodistas, políticos… Todos.

«El Berenjenal» en Interviú.

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