
«iAndreu» en Ara

«iAndreu» en Ara
Quizá haya escrito alguna vez aquí que me siento un privilegiado. No importa, porque puedo repetirlo y, sobre todo, saborearlo, valorarlo, decirlo bien alto para que quede muy claro. Me siento un privilegiado por muchas cosas, pero la que más me emociona es el cariño, la amabilidad que me transmite la gente. Hablo del gesto espontáneo, generoso y sincero de la gente común. La que no espera nada a cambio, la que solamente quiere hacerte saber que les alegras la vida y que te echan de menos. Cuando me lo dicen (últimamente ha repuntado), me la alegran a mí. Y no hablo del ego, ya que creo tenerlo colmado para varias vidas. El ego aburre. Una vez lo tienes amueblado y dimensionado para actuar, pues ya está. Hablo de otra cosa. Hablo de emoción, de cariño. Cuando me dicen cosas así, llenan mi vida, dan sentido a tantos esfuerzos, tantos sinsabores que se esconden en las cunetas de una carrera que ya viene siendo larga, como la de un servidor. Todo se olvida con un «Andreu, este café no te lo cobro, por tantas noches de compañía». ¡No me digan que algo tan sencillo no es un regalazo! Mi día a día está trufado de momentos así, y siempre, siempre, me pillan desprevenido y me emocionan.
La lista de detallistas anónimos sería más larga que la guía telefónica. La semana pasada, en un taxi: «Yo me muero y tú no te enteras. En cambio, te mueres tú y la gente dice: «Vaya putada»». Ahí tercié un poco, lo reconozco, y le dije al conductor: «Bueno, bueno. No va a morir nadie. Al menos en este trayecto». Risas, más agradecimiento, complicidades, alguna confesión. Créanme: la gente es buena por encima de sus posibilidades. Y su bondad anula a los cuatro hooligans amargados, que los hay, y que no bajan la media. La gente, la buena gente, me ha traído hasta aquí, y solo por ella, por lo que significa, vale la pena luchar por un mundo más divertido. E incluso hacerse fotos todo el rato.
«El Berenjenal» en Interviú.

El propio verbo ya da grima. Como si la palabra conociera personalmente al significado. Espiar es de temerosos, de culpables de algo, de protectores del control, de totalitarios, de frustrados, de gente vacía que se llena con las miserias de los otros. De pequeño, creía que los espías molaban. Ellos eran duros e insobornables. Fumaban mucho, se levantaban el cuello de la gabardina y perseguían a los malos en favor de la justicia. Ellas, igual o mejor. Mujeres frías y hermosas, normalmente del Este. Eso, en las novelas y en el cine, porque en la realidad todo es más chusco e interesado. Como siempre. En Cataluña tenemos una empresa líder en el sector (Método 3), de la que han tirado hasta los políticos. Si no te ha espiado Método 3, no eres nadie. Ojo, que se han escondido micrófonos en jarrones a lo Mortadelo y Filemón. Ya saben, la TIA.
Y ahora van los norteamericanos y desvelan que su gran hermano está compinchado con todas las empresas de telecomunicaciones. Vamos, que tú pides una hamburguesa en Times Square y, por ese micrófono largo articulado, se lo dicen a Obama. Puede que incluso te la traiga él en persona. No nos fiamos de nosotros mismos, y esa es la prueba de que escondemos algo, de que somos un desastre como colectivo. Por separado no estamos mal, pero a la que nos juntamos unos cuantos, va uno y lo tiene que contar. Por si acaso la libertad se sintiera a gusto y se quedara un rato.
«El Berenjenal» en Interviú.
