Colgados

Martes, 5 de febrero de 2008

Tengo un amigo de Madrid que, cada vez que viene a Barcelona, me ve colgado en los edificios en descomunales proporciones. Ya se pueden imaginar el chiste: «¿tú estás colgado, no?». La respuesta es «por supuesto». Para dedicarse a este oficio hay que estar bastante «colgado».
Hay que entender que, a pesar de parecer un oficio, se trata de un juego (remunerado). Los ingleses llaman «to play», al «actuar». La mejor definición que existe. «Jugamos» a reírnos del mundo y todo lo que lo puebla. TODO.
Salen cada noche
Me gusta el anuncio porque muestra la «trinidad» nocturna. El follonero-diablo (que la va a armar y gorda durante la campaña, con programa propio) y el «ángel» surrealista de Berto. El observador más singular que he conocido jamás. El hombre que es capaz de hacer un chiste con los labios agrietados de la gente mayor. Estos son mis compinches que, como vampiros sin colmillos, salen cada noche conmigo de parranda televisiva. Un placer.

Peajes

Martes, 18 de diciembre de 2007

Excelente y acertada viñeta de Ferreres (uno de los grandes). Los peajes es uno de los temas más sangrantes y vergonzosos de la realidad catalana. Somos la comunidad que más paga por sus autopistas. Nos han engañado y sableado toda la vida. Cada vez que pongo mi tarjeta en un peaje se me revuelven las tripas. Sencillamente no hay derecho.
Ferreres
No me extraña que la principal empresa del mundo del sector quiera establecerse en Cataluña. Aquí podrán crecer y multiplicarse. Podrían experimentar nuevos tipos de peaje. Podrían cobrarnos por respirar o por pensar. Es proponérselo.

Enamorado de la Barceloneta

Lunes, 1 de octubre de 2007

Si yo no fuera de Reus, me gustaría ser de la Barceloneta. ¿Puede uno enamorarse de un barrio? Creo que sí. Siempre que puedo me escapo al mar y, en lugar de las playas de diseño, busco el amparo de los callejones estrechos de la Barceloneta. Me gusta comer ahí. Me tranquiliza sentarme al sol o chalar con la quiosquera que me cuenta que ha visto al Rubianes. En la Barceloneta, la ciudad descarga en el mar todas sus tensiones. Las disuelve en la arena, se las comen los peces, se las beben los turistas. El paseo es perfecto, los chiringuitos (a falta de los antiguos), son verdaderos refugios para los urbanitas estresados.
Balcones en la Barceloneta
El otro día me escapé por enésima vez a «mí» barrio. Me compré la nueva revista «Esquire», leí la sabiduría de Eduard Punset, me enseñaron el nuevo hotel 54, escuché algo de música (cada vez soy más fan de Josh Rouse) y disparé fotos para Captura. Me sentó bien la comida, la charla con un amigo y la vida en general. No es tan difícil ser moderadamente feliz y el escenario tiene buena parte de culpa.

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