Optimistas a pesar de todo

Domingo, 12 de enero de 2014

Alguien que sepa del tema, alguien preparado y con estudios superiores, debería analizar seriamente el tema del optimismo. Esa energía mental y vital que nos hace esperar lo mejor a pesar de estar «en lo peor» tras comprobarlo día a día, noticia a noticia. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo podemos esperar una mejoría, cuando los que deberían allanar el terreno, solucionar las cosas, se empeñan patológicamente en hacerlo cada vez más impracticable? ¿Cómo puedes ser optimista, viendo la que ha liado Gallardón con una ley del aborto de los años setenta? Pues, por increíble que parezca, somos optimistas. Yo mismo mandé un guasap para fin de año con una flecha señalando hacia arriba y una frase: «Este año, sí». Vale, llevaba una buena dosis de sorna, pero en lo más profundo de mis deseos, una pequeña luz me empujaba a desear que las cosas fueran bien. Quería compartir ese sentimiento, muchos lo hicieron. ¿Desear cosas buenas es de optimistas o más bien un reflejo de supervivencia? Otra pregunta para el estudioso del tema. Me viene otra sentencia a la cabeza: el optimista es un pesimista mal informado. ¡No! Hoy me niego a entrar en ese juego. La gente no se informa tanto como creemos los que trabajamos en este gremio. Este frenesí que nos sacude a los de los medios (y que ahora ha enloquecido con las redes sociales), no afecta tanto a la población en general. La gente tiene muchas cosas que hacer, no compra demasiada prensa y lleva otro ritmo informativo. No es que sea bueno o sea malo, es que es así. Por lo tanto, las noticias les llegan más reposadas, no tan afiladas (salvo alguna excepción) y las someten a esa otra energía llamada «sabiduría popular». Lo importante quedará, lo superficial se disolverá. Por mucho que se empeñen esos tertulianos incendiarios o esos periódicos obsesionados en explicar las cosas como les gustaría que fueran y no como son realmente. La gente, con sus vidas a cuestas y el tiempo y el esfuerzo que eso conlleva, quiere saber cómo evoluciona Schumacher, por ejemplo, y no entiende ni tiene ganas o tiempos de analizar lo del Canal de Panamá y la empresa Sacyr, que ahora dice que todo vale mucho dinero. Vaya novedad, por cierto. Cualquiera que haya hecho obras en casa sabrá que el presupuesto inicial es tan solo una broma respecto a la factura final.

Pero a pesar de todo, la gente es optimista, la gente es buena, la gente quiere que las cosas vayan bien. El Gobierno lo sabe y saca pecho con las cifras del paro, filtrándolas unas horas antes (a pesar de que lo nieguen), para conseguir el efecto de zanahoria gigante atada a un palo y ponerla delante de todos los españoles. Bueno, vale. Mejor esto que una patada en los huevos, que decían en mi pueblo los optimistas de antaño. Baja el paro. Muchos se alegraron y es justo reconocer la buena voluntad de esa alegría. Menos parados: ¡Bien! En ese momento no te acuerdas de que el Estado de bienestar se está erosionando a marchas forzadas. No caes en que la sanidad pública está bajo mínimos (ojalá no la necesites) o en que los bancos, después de recibir una increíble inyección de dinero, siguen despidiendo y cortando el grifo del crédito. Por poner solos dos ejemplos. No, no. No te acuerdas de eso. Solo ves lo bueno de que disminuya esa lacra del paro. Me viene a la cabeza mi amigo Leopoldo Abadía, que siempre dice: «Yo hablaré del final de la crisis, de buenos augurios, el día que empiece a bajar de verdad el paro». Hoy deber ser uno más de los optimistas. Optimistas, a pesar de todo.

«El Berenjenal» en Interviú.

La perseverancia de Médicos Sin Fronteras

Miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tengo el honor de colaborar con la organización Médicos Sin Fronteras de España. Me lo propusieron hace años y dije que sí inmediatamente. Les conocía superficialmente, como todos, pero no dudé ni un minuto. En este tipo de cosas no puedes dudar. Una voz interior te dice: «Son mejores que tú, son como serías tú si tuvieras más valor, si fueras más generoso, si el miedo o el desconocimiento no te paralizaran». Por eso colaboras. Tienes la esperanza de que se te pegue algo, de que te ayuden a entender este mundo injusto y desequilibrado donde el drama está a la vuelta de la esquina. Mientras la mayoría de la gente tiramos como podemos en el llamado primer mundo (el concepto ya rechina por desgastado) hay un grupo selecto y escogido que trabaja para los más desfavorecidos. Personas especiales, médicos y enfermeras en este caso, que dejan la comodidad de sus hogares y se desplazan a zonas de conflicto o arrasadas por desastres naturales. Nadie les obliga. Van porque quieren y gestionan el caos, improvisan, pactan, observan y, sobre todo, empiezan a salvar vidas. Cuantas más, mejor. Hay decenas de organizaciones, yo conozco a los de Médicos. Y no vale la sospecha cretina que de vez en cuando levanta alguna organización fraudulenta. Son excepciones que no desvirtúan al colectivo, ni mucho menos. Gente mala la hay en todas partes.

Hace poco pude comprobar la vitalidad de Médicos. Estuve en uno de los actos que convocan regularmente para sus socios y colaboradores. Eventos honestos e informativos donde puedes ir para conocer todo lo que hacen, todo lo que les preocupa y su día a día. Nos juntamos en Barcelona y me propusieron charlar con su presidente, José Antonio Bastos. Tras esas horas de inmersión solidaria, mi admiración va en aumento. No hay nada mejor que conocer los detalles y los matices para valorar todavía más las cosas. Lo primero: Médicos cuenta con 300.000 asociados en España y un total de 600.000 colaboradores. A pesar de la crisis y las dificultades, la gente no quiere olvidar que otros están peor. ¿Acaso no es esto emocionante y reconfortante? Gente, según me dicen, que a veces pide bajar la cuota pero que en ningún caso se quiere desentender. Eso sí es un ejército. Una gran masa de personas que apoyan, empujan y exigen. Así lo sienten en Médicos.

Su presidente me gusta porque no se instala en la épica ni en la heroicidad, aunque podría hacerlo, y de sobras. Pero no. Es un hombre pragmático, autocrítico y enamorado de lo suyo. Le brillan los ojos cuando cuenta lo que hacen, cómo sufren, cómo dudan. A veces le brillan de rabia por la impotencia en algunas situaciones donde el excesivo peligro pone en jaque a la organización. «No somos mártires, no queremos serlo». Por eso se han ido de Somalia, lo más parecido al infierno en la Tierra. Tras los secuestros, los asesinatos, las mafias y el desgobierno, la operativa era impracticable. Por lo que cuentan, no es un fracaso, ni una renuncia. Es un reset porque, conociéndolos, volverán.

Médicos no para ni un momento. Su mapa de actividad por el mundo es alucinante. Ahora, el foco está en Filipinas, pero sus tentáculos abrazan todo el planeta. Les propongo modestamente que, si no les conocen, pierdan diez minutos y entren en su web, consulten lo que hacen, que les admiren y les ayuden como yo. Estos días está en marcha la nueva campaña: Ser humano salva vidas. Con un solo clic podemos salvar hasta 100.000 vidas, que serían solo la punta de un vergonzoso iceberg. Está en nuestras manos.

«El Berenjenal» en Interviú.

Adiós Berlusconi

Domingo, 8 de diciembre de 2013

Los humoristas estamos un poco tristes, suponiendo que podamos permitirnos algo así. Estamos tristes porque Berlusconi se va de la política. Con las toneladas de chistes que nos ha puesto en bandeja. Es que nos superaba. Estabas escribiendo uno y se conocían los detalles de otro bunga-bunga. Una mina. El hombre era una mina inagotable. Todo eso desaparecerá porque Silvio se va. Bueno, a ver, más que irse lo han empujado como empujaban los piratas a sus enemigos por la tabla, hasta caer en el mar a merced de los tiburones. Ha costado años y años, pero al final lo han conseguido. La diferencia aquí es que Berlusconi tiene tanto dinero, tanto poder acumulado, que puede comprar todos los tiburones y conseguir que se comporten como simples sardinas. Y encima puede retransmitirlo por una de sus cadenas de televisión (pensándolo bien, es un buen formato de reality extremo), o montar un partido benéfico del Milan, que es suyo. O celebrarlo con el volcán artificial (sí, sí, lo tiene, como un malo de James Bond) de una de sus residencias. Puede congregar a todas las mujeres de la comarca y alguna que otra de la comarca contigua. Solo para bailar, ¡eh! No sean malpensados.

Puede hacer todo lo que quiera menos… ejercer la política. Así que estamos ante un caso de orgullo tocado, que no hundido. Berlusconi nunca se hunde, pero se puede sentir tocado, que para el caso es peor. Cabe recordar la pedrada que le lanzaron hace años. Y el hombre siguió y siguió. Se operó otra vez y siguió. Para un tipo que hizo de la bravuconada y el exceso su patrón de conducta y de gestión, no debe ser fácil asimilar que ya no le dejan. ¿Quién no le deja? ¿Desde cuándo alguien va a decirle lo que puede o no puede hacer? Por eso se revuelve como un león herido en su jaula y lanza aseveraciones como: «Es un día negro para la democracia. No os pido nada para mí, solo os pido que penséis en vuestros hijos». Ojo, que Silvio, en su delirio interesado (como siempre), está creyendo que su expulsión (tardía) de la política como consecuencia de todos los procesos es un asalto a la democracia, así, como concepto. La democracia, tan citada, tan manoseada, calla y no dice nada. ¡Si la democracia hablara! Quizás dijera: «¿No entendisteis nada? Es eso, ¿verdad?».

Sea como sea y aunque nada es exactamente como nos cuentan, hay algo parecido a un alivio cuando personajes como Berlusconi tocan fondo o llegan al fin de su trayecto. Como el caso de Carlos Fabra, el de Castellón. Otro que tal. Después de años y años de despropósito político y dominio de la escena (cómica), el hombre de las gafas ha sido trincado. Al hombre al que siempre le tocaba la lotería le ha tocado ahora la pedrea. Él dice que está contento porque la mayoría de las acusaciones no han sido probadas. Sí, vale, pero algunas sí. Suficientes para que le caigan cuatro años. Y Bárcenas, en la cárcel, sonriendo mientras le brilla un diente de oro en la penumbra de su celda. Siempre los cogen por alguna chorrada, pero los acaban cogiendo. Aquí, los héroes desconocidos serían los abogados, jueces y funcionarios que durante años han sufrido jugando al frontón de la dichosa inmunidad, hasta encontrar una grieta, un motivo, una ocasión. Ellos sí que serían la democracia. O lo que quede de ella.

«El Berenjenal» en Interviú.

Sentirse querido

Jueves, 28 de noviembre de 2013

Déjate de tonterías. Lo único que buscamos, lo único que queremos de verdad es sentirnos queridos. No hay lujo, ni regalo, ni nada que se equipare a ese sentimiento, a esa sensación. Lo material se desvanece, caduca, te lo quitan, te lo regatean, se desvaloriza en menos que canta un gallo. Lo material es como un coche que a la que sale del concesionario ya ha perdido valor. Nada. Fuera. Quizás te puedas dar un capricho, una cena, un pequeño viaje… Eso, quien pueda. Pero si estás una época en la que, por lo que sea, no puedes permitírtelo, pues no pasa nada. ¡Qué va a pasar!

Si tengo dudas sobre eso, se lo pregunto a mi madre. Una mujer de la posguerra que creció en la necesidad, en la carestía. Y aquí está la mujer, en ésta época digital sin entender la mayoría de las cosas y tan solo pidiendo y dando CARIÑO. Así, en mayúsculas. Todos lo buscamos, aunque nos cueste reconocerlo porque el mundo actual se ha puesto arisco y comercialmente individual y competitivo. «No cuento cómo me siento no vaya a parecer vulnerable y me quede en la cuneta». ¡Chorradas! Hoy voy a explicar cómo me siento y cómo el cariño que he detectado en los últimos días me ha masajeado el alma.

La semana pasada estrenamos nuestro nuevo programa de televisión. No dejo de repetirme que se trata solo de un programa, de un trabajo, pero es como si la realidad, lo que pasa alrededor, se empeñara en cuestionarme eso. Es más que un programa. Es un estado de ánimo, un reto, un puente audiovisual hacia la gente que nos sigue, gente cómplice, gente que quiere que nos vaya bien. Ahí está el foco del cariño. Otro más y ¡bendito sea! Debo decir que ya venía sintiendo eso desde hace años y que estoy absolutamente convencido de que es lo mejor de mi profesión. Será lo que recordaré. «Te admiro», me decía alguien. «No lo hagas», le contesté. «Quítale las dos primeras letras. Mírame. Y se puede ser, quiéreme. Encapríchate, siéntete cómplice porque yo me siento así con vosotros». No sé si quedé demasiado poético o sonó a falsa modestia. De todo hay un poco también. Somos un montón de cosas, pero sobre todo somos emocionales y esa es la gasolina, el ADN verdadero. Estar triste es una mierda porque lo anula todo. Estar contento, sentirse querido es lo mejor porque lo ilumina todo. Y yo quiero vivir ahí. ¿Quién no? Querido y respetado. Ya pueden caer chuzos de punta (que caen), pero si hay cariño, hay camino.

Un mensaje sincero de Whatsapp, un taxista que pasa y levanta el pulgar al verte, un discreto «gracias» en la cola del pan, un «te vi anoche» por lo bajini de una mujer mayor al cruzar un paso de cebra. El cariño es líquido y se cuela por todas partes. Y tú lo vas acumulando, lo pones en tú reserva y te viene muy bien ese miércoles (por ejemplo) a las doce de la noche en un frío polígono industrial de las afueras. Ahí nos juntamos para fabricar la comedia.

El otro día, antes de empezar, el escritor y guionista Albert Espinosa nos regaló a Berto y a mí una ficha de casino a cada uno. «Os va a traer suerte». Nos contó una historia preciosa de sus años de hospital, de cómo un hombre le regaló cientos de fichas de casinos de todo el mundo para que él las regalara, para que repartiera suerte. O sea: el cariño se transmite, es la energía. Nunca se destruye, solo se transforma.

«El Berenjenal» en Interviú.

Lo de Valencia

Jueves, 21 de noviembre de 2013

Sí, ya sé que voy tarde, que se ha hablado mucho (y lo que te rondaré), pero no todos los días se cierra una televisión autonómica de peso. El tema se las trae y lo conozco un poco. Se trata de una muerte vaticinada, pero no por ello menos dolorosa. Una dura y desagradable metáfora del despropósito. Los políticos se comportan normalmente como elefantes en cacharrerías, pero convendrán conmigo en que, cuando entran en contacto con los medios de comunicación, tendríamos que hablar de dinosaurios en fábricas de cristal. ¡Madre del amor hermoso! Se podría hacer peor, pero habría que estudiar muchos años. Es muy difícil.

Conozco y valoro el talento artístico de los valencianos. Su sentido del humor, su olfato intelectual, su capacidad de ser críticos y creativos. Por eso nunca entendí cómo podían tener una tele sumisa y paródica como la que tenían. Es que no me entraba en la cabeza. Cuando empecé mi carrera en TV3, a mitad de los noventa, vivimos con emoción cómo aumentaban continuamente nuestros seguidores en Valencia. Recuerdo que durante un viaje a esas tierras para presentar un libro (les hablo de cuando había librerías), me salió algo parecido a «los valencianos no tienen la tele que se merecen». ¿Repercusión? Ninguna. Solo vino un medio o dos (a pesar de aglomerarse más de mil personas en aquella librería) y los demás pasaron de nosotros. Solamente la Cartelera Turia aguantaba la débil antorcha de la imparcialidad y la opinión sin miedos. Cada año organiza unos premios que eran (y siguen siendo) como una cerilla en mitad de la oscuridad.

Otra vez hicimos nuestro programa durante cuatro días en la Ciutat de les Arts. Invité públicamente a Rita Barberá, la alcaldesa. ¿Repercusión?: la misma que años atrás; o sea, ninguna. El silencio. No hubo eco en prensa ni, por supuesto, en la tele pública. Nunca un adjetivo fue tan equivocado. Pese a que lo mío era una chorrada y a conocer ya cómo se las gastaban por allí, no dejaba de sorprenderme que los valencianos, más allá de su color político, no tuvieran el más mínimo interés en gozar de unos medios de información modernos, que contaran lo que pasaba. Les estaban contando una parte sesgada e infantilmente parcial de la realidad. ¡Como si los valencianos fueran tontos! Me hablaban, mis amigos, del omnipresente y asfixiante control del Partido Popular. De la inoperancia de los socialistas; del eterno y absurdo debate de si el valenciano es una lengua diferente al catalán, esas cosas… Total que, entre unos y otros, la casa sin barrer y hasta arriba de porquería. Años más tarde, vendría una catarata imparable de desfalcos, procesos judiciales, dimisiones, corrupciones, aeropuertos, trajes, viajes papales, Tierras Míticas, Ciudad de la Luz, amiguitos del alma y demás detritus políticos que sacaron a la luz lo que durante tantos años circulaba por las cloacas más interesadas del poder. Escoria y burla ante las mismas narices del pueblo valenciano. Todo, como una gran película de Berlanga. Tan exagerado y ostentoso que parecía imposible.

¿Qué hacía, mientras tanto, Canal 9? Pues… no mucha cosa. Los sucesivos gobiernos populares ya se habían encargado de crear una tupida red de miedo, censura, dependencia e intereses. Hicieron bien los compañeros de Canal 9 pidiendo perdón por silenciar el accidente del metro. Un perdón simbólico por tantos años de espaldas a la ciudadanía. Ahora, el Gobierno debería pedir perdón por el saqueo y la manipulación. Y partir de cero. Canal Cero debería llamarse. Empezar de nuevo con la lección aprendida. Sí, yo también soy pesimista.

«El Berenjenal» en Interviú.

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