Crónica de urgencia del concierto de Rufus Wainwright

Lunes, 5 de noviembre de 2007

Vengo del Auditori de Barcelona de ver a Rufus Wainwright. En primer lugar: un tío que canta «Over the rainbow» en albornoz con su madre al piano y pone el auditori de pie, tiene mucha clase. Este es el caso. Y tiene genialidad y «ese algo» que lo hace diferente al resto de miles de cantantes. Rufus es una estrella y lo juega y lo integra en el espectáculo, cargado de gay power y de buenas canciones.

Rufus se ha inventado una sonoridad propia. Un lirismo que coquetea desde el pop, con el folk, el rock, el jazz, los musicales y muchos más. Un collage que hipnotiza, con una voz privilegiada. Este tío es un crack y mola que vaya de diva y que no se tome en serio. Debería despedir a la encargada de vestuario, pero me temo que es él mismo y eso no nos conviene.

Por si faltaba algo, Rufus se marcó un tema en el que aparece Barcelona y que nunca había cantado en directo. Redondo, intenso, fresco, generoso, desacomplejado y genial.

Frank ‘Elton John’ Mercader

Miércoles, 31 de octubre de 2007

Fue una idea de Berto: «¿No crees que Frank Mercader se parece cada día más a Elton John?». Y ahí se lió todo. Muy típico del programa. Basta que uno prenda la mecha, para que el «incendio» se propague en cuestión de segundos.
Le propusieron al bueno de Frank que dedicara una de las noches de la banda al genio inglés de mal carácter y turbulento pasado. Frank dijo que sí. Como siempre. Mercader es el fajador permanente. El músico más currante que he conocido en mi vida. Siempre que miro hacía un lado, le veo amarrado a su guitarra, al frente de un grupo que le quiere y le respeta. Y eso se tiene o no se tiene. Mercader esta casado con el rock, disfruta cada nota que toca y las ha visto de todos los colores. A pesar de eso, cada canción que interpreta parece la más importante del mundo.
Frank Mercader
(Nota: Las gafas, son más bien de azafata del «Un, dos, tres»).
Un beso compañero.

Cuando se apagan las voces

Lunes, 22 de octubre de 2007

En cuestión de pocos días, se han ido dos grandes de la radio. Carlos Llamas en la SER y Juan Antonio Cebrián en Onda Cero. Dos pérdidas irreparables, dos silencios forzados que nos han llenado de tristeza a todos los seguidores, a todos los que amamos la radio por tantas y tantas cosas.
Micrófono
Lo de Cebrián es muy reciente y todavía me ataca la tristeza cuando pienso en ello. Su programa «La Rosa de Los vientos», era uno de mis favoritos. Todos los sábados y domingos, de madrugada, me reencontraba con su estilo inconfundible, erudito pero cercano, simpático y riguroso que llenaba horas y horas de historia y ciencia. Un pionero de tan solo cuarenta y un años que el infarto traicionero nos arrancó de la noche a la mañana. ¡Vaya mierda! Anoche, la añoranza planeaba , dolorosa, en la antena de onda cero. Estuve llamando para mandarles un abrazo pero la centralita estaba colapsada. No me extraña. No puedo creerme que Juan Antonio haya desparecido. Siempre pasa lo mismo con la gente que aprecias y, de una forma u otra, forma parte de tu vida. Su muerte es un poco la muerte de todos. Un torpedo en nuestra linea de flotación.

Con Carlos Llamas, otro tanto. Hora 25 ya no es lo mismo, sin desmerecer a sus continuadores. Habrá que hacerse a la idea y volver a pisar el acelerador de la vida y de los sueños. Porque la felicidad es frágil y no hay que dejar que la pelota toque el suelo. Vivir, vivir, vivir. Y recordar a los buenos que hicieron un mundo mejor. Hasta
siempre compañeros.

Esta es la música que propongo para el recuerdo. Probablemente, la mejor canción de la historia:

Maestros en acción

Miércoles, 10 de octubre de 2007

El fin de semana pasado, viví un cursillo intensivo de maestros del espectáculo. Maestros en acción. El viernes me planté en el Sant Jordi para ver y escuchar a los «pajarracos» Serrat y Sabina. El sábado cogí un avión y volé a Bilbao para presenciar el último espectáculo de Tricicle, «Garrick». Es, lo que se llama, un fin de semana bien aprovechado. Y, encima, me invitaron. ¿Qué más se puede pedir?
Sabina y Serrat
Serrat y Sabina se cascaron tres horas impecables. Les salen los éxitos por las orejas y por el corazón, así que el «juego» consistía en adivinar qué canción de las de siempre iba a venir a continuación. Me gustan cuando se cambian los papeles, cuando dialogan a lo «Rat Pack». «Me pido Frank Sinatra», dijo Sabina en el programa. Es un placer verles, compenetrados y queriéndose, dejándose la piel en cada escenario. Pude abrazar a Joaquin, envuelto en una toalla, a la salida del concierto. Parecía que había jugado una final de copa (con su Atleti, claro). Serrat pone el rumbo, despliega su encanto y, como dice su primo, «le tiembla el corazón al garganta».
El Tricicle
Lo del Tricicle fue otro placer. Pude ver el nuevo espectáculo antes de que aterrice en Barcelona o Madrid. Ahora se van a Argentina, así que había que aprovechar la ocasión. «Garrick» (un viaje a las profundidades misteriosas de la risa) no defrauda. Es más, yo diría que va a sorprender. Tricicle, lejos de acomodarse, sigue arriesgando y, en esta ocasión, hay una mezcla de piezas al estilo clásico marca de la casa y otras más nuevas y sorprendentes. O sea que aunque lo hayan conseguido absolutamente todo en el mundo del espectáculo, el respeto por ellos mismos y por el público, les empuja a seguir sorprendiendo. Me quedé con esa lección. Para esos días grises en que te peguntas si tiene sentido tanto esfuerzo y entrega.

BFN #312 – 03.10.2007

El placer de hacer televisión

Jueves, 4 de octubre de 2007

La que quieres, la que sientes, la que tienes ganas de hacer. El placer de recibir a Joaquin Sabina y Serrat (que no necesitan promoción alguna, con todas las entradas vendidas) y babear con una actuación acústica. Porque sí. Porque nos conocemos desde hace años y saben y aprecian nuestro amor por la música. El placer de recibir a Ricardo Darín , el actor que nos emociona en la pantalla, y jugar y charlar con él. Darín es bueno, generoso y buen compañero. Los que repiten se convierten en amigos y cómplices. Nos acreditan. El placer de unos actores que ganan confianza día a día, que salen a darlo todo, que arriesgan, que respetan a un público entregado y cariñoso. Todo eso y , mucho más, es lo que sentimos anoche en el programa.

Salimos y un compañero me dijo: «Esto justifica todos nuestros esfuerzos». Y tiene razón. El placer del resultado final, el subidón de comprobar que se puede hacer la tele con buenos mimbres, justifica todos los anhelos e ilusiones de un equipazo de primera división. Es una cuestión de tiempo. Tanta energía positiva, sólo puede traernos buenos resultados. Y no hablo del share. ¿En laSexta? Pues, en laSexta. Estaremos donde podamos hacer lo que nos gusta hacer. Anoche todo tuvo una sencilla y emotiva explicación: el placer de hacer televisión.

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