
Pesadilla de gato
Lunes, 8 de junio de 2015

Cuando los genios afeitan
Miércoles, 3 de junio de 2015
No vienen genios todos las noches al programa. Lo de «genio» es una categoría superior, solo para escogidos. Creo que Ramon Fontseré de JOGLARS es uno de ellos, uno de los mejores actores de teatro de la historia. Los que hemos disfrutado viéndolo en escena ya sabemos de qué estamos hablando.
Ahora, Ramón, se ha quedado al frente de la mítica compañía después del «reinado» de Albert Boadella. Ahora, por ejemplo, puedes hablar con él, puedes gozar de la conversación y si tienes suerte (como es mi caso) compartir un poquito de escena. Vino a «En el aire» para presentar su nuevo espectáculo VIP y dijo que le gustaría recrear a Chaplin en la escena de la barbería de «El gran dictador». ¡Vaya regalo! Lo preparamos y me dispuse a hacer de compinche/espectador. Todo un lujo.
Agradecimiento y rubor, pese a no entender nada
Martes, 2 de junio de 2015
Me da verguenza que hablen bien de mi. Pero me gusta. ¿A quién no? Más que hablar bien, lo que me gusta es que me «expliquen», porque eso es algo que no sé hacer. Uno nunca sabe como funciona su cabeza y porque sale de ella lo que sale.
Por eso, cuando mi amigo Edu Galan me presentó en Madrid junto a mi libro «No entiendo nada», me quedé de piedra. Ruborizado y agradecido. Este es el texto. Algo no muy habitual en las presentaciones, normalmente dicharacheras y superficiales. Qué tío el Galán. Cómo se lo preparó. Y qué bien lo pasamos.
Espero que me perdonéis si me pongo algo serio. No me volverá a pasar, pero mi madre me dejó dicho de niño que me comportase así si alguna vez presentaba un libro de Andreu Buenafuente en Tipos Infames y delante de tanta gente inteligente.
Es extraño: no recuerdo la primera vez que vi a Buenafuente y, a un tiempo, recuerdo perfectamente la primera vez que vi a Buenafuente. No tengo ni idea cuándo fue la primera vez que le vi en la tele y sí me acuerdo de la primera vez que le vi en persona, a través de una ventana de un hotel del centro de Barcelona, hace tres años. Andreu hablaba por el móvil, a su bola, y nosotros, mis compañeros de Mongolia, Darío Adanti, Rapa, y yo, le mirábamos desde dentro, habíamos quedado allí para que nos presentase «El libro rojo». «¿Es él?». «Sí, es él». «Che, no es él». «Bolú, es más alto en persona». «Ná, no puede ser él». Pero no importaría aquí la primera vez que vi a Buenafuente si no fuese porque después de la presentación cenamos juntos unos cuantos y, entre esos cuantos, la gran Mónica Carmona, la editora de «No entiendo nada», de Reservoir Books. Yo estaba allí cuando se conocieron Mónica y Andreu, amigos, y ahora me siento como un fan quinceañero pero en ese momento me comporté como los imbéciles que estaban allí cuando los Beatles tocaban en The Cavern y, en lugar de atender, se dedicaron a comer perritos calientes mientras ellos reinventaban «Long tall sally».
Yo sabía que Andreu tenía insomnio, que solo es una etiqueta clínica para cómo me imagino su cabeza. Ahí dentro debe de sonar, de continuo, el «tum-tum-tum-tum tum, tum, tum» del inicio de «White room» de Cream. Así me imaginaba yo, así me imagino yo, el cabolo de Andreu cada vez que me mandaba, cada vez que me manda, sus dibujos al Whatsapp por las noches. Pensaba en ese ritmo de Ginger Baker y también pensaba «qué cabrón, qué bueno es», pensaba mucho «qué cabrón», mucho más, la envidia, ya sabéis, pero también pensaba en Mónica Carmona y en Reservoir. Esto yo no se lo decía ni a Andreu, ni a Mónica, aunque ella y él ya estaban, en aquel momento, conspirando a mis espaldas para editar sus dibujos.
Hablemos de «No entiendo nada», esa serie de descargas eléctricas ilustradas que hoy presentamos. Descarga uno: un hombre se mete la mano en el corazón y se lo extirpa cantando «Jesusito de mi vida… te doy mi corazón». Descarga dos: de un culo caen personas hechas sombras y titula «Líder de opinión». Descarga tres: un monstruo de miles de ojos mira a un Andreu y él proclama «Esto debe de ser la popularidad». Se empeña este señor de mi lado en darnos zarpazos (cómicos, dramáticos, psicodélicos, surrealistas) con sus dibujos y lo consigue gracias a una extraña cualidad.
Por debajo de la aparente discontinuidad del volúmen habita, qué maravilla, un discurso de alguien que mira al mundo con plano detalle, entre la ingenuidad (y el cierto asombro que conlleva) y el recelo (y la cierta amargura que conlleva). Cada vez estoy más en contra de la ocurrencia, una cosa que premian extraordinariamente las redes sociales, y más a favor de un discurso con frases subordinadas o dibujos subordinados. Noto que este rollo igual os suena a algo de viejo pero es que yo, amigos, desde niño siempre he querido ser viejo. Cojo un ejemplo canónico del libro de Andreu: como en clase, ¡abrid todos por la página 120! Un hombre a lo Munch grita, desde la deformidad que le proporciona su aullido, porque, según escribe Andreu, se «ha quedado sin horizonte». Con él, de pronto, notas que el artefacto blanco de Buenafuente va mucho más allá de una excusa contra el insomnio. Utiliza mi maestro, el psicólogo Marino Pérez, en su tratado «La invención de los trastornos mentales» (Ed. Alianza) el concepto orteguiano de horizonte como constructor del sentido de la vida: cuando crees que llegas a él descubres otro más, y perseveras en el camino. Vivir es perseverar en el camino, siempre que encuentres un horizonte hacia el que ir. Pero cuando este horizonte desaparece, queda lo que entiende, escribe y dibuja Andreu: un grito seco, difuminado, que abrasa cualquier rasgo facial. Casi plasma Buenafuente ese grito total y sordo en el que Michael Corleone se hunde al final de «El Padrino III» con el asesinato de su hija. Nada destroza más horizontes que perder a un hijo. Cada una de las páginas de «No entiendo nada» son matrioskas a las que vamos desmontando desde significados grandes (la fama, la soledad, el amor, las clases sociales) hasta significados mínimos.
Ahora vamos a lo gordo: ¿qué cojones hace un cómico televisivo dibujando? ¿Cómo se atreve? Respondo a lo bruto: ¡porque no le quedaba más remedio! El poeta ovetense Ángel González escribió «yo no soy más que el resultado, el fruto». Repito: «yo no soy más que el resultado, el fruto». ¡La Tradición, cojones! ¿Cómo explicaríamos el humorismo español sin cómicos dibujantes? Gila, Azcona, Chumy Chúmez, tan negros de postguerra, o los actuales Miguel Noguera, Raúl Cimas, Carlos Areces, Joaquín Reyes. Y los que se me pierden por el camino. A ellos honra Andreu con su «No entiendo nada» y, además, también se honra a si mismo: sabe distinguir que para esto también vale, el muy cabrón. En el fondo, todos tratamos de lo mismo: de honrar un oficio y, con él, a los muertitos nuestros que nos precedieron y que tanto admirábamos.
Antes de cantar su versión musicada de «No sirves para nada» de José Agustín Goytisolo, Paco Ibáñez suele recordar que el poeta le advirtió una vez que no servir para nada significaba la libertad total. Andreu Buenafuente sirve para muchas cosas, entre ellas, para arrejuntar sus dibujos al calor de este magnífico libro. Ahora que le miro de cerca y no a través de una ventana de un hotel, le noto feliz porque está tan preso de sus esplendorosas servidumbres como muchos de nosotros.
Eva y Mónica, gracias, os adoro; Andreu, gracias, maestro, te adoro; gracias a todos.
La canción de la cabeza de nuestro amigo:
Edu Galán
(Fotos de Marta Malo)
Hay gente que comunica y gente que no
Viernes, 29 de mayo de 2015
Sí, parece una perogrullada, pero es así. Me invitan a dar una charla sobre comunicación en una escuela de negocios en Zaragoza y ya, de paso, ordeno un poco mis pensamientos sobre el tema, que buena falta les hace. En casa del herrero… Esto debe de sucederles a muchos profesionales. Te pasas media vida con lo tuyo tirando de experiencia y de intuición, pero tienes la sensación de que lo haces sin método. Entonces, cuando te preguntan: «¿Cómo lo haces?», te entra un sudor frío. Bueno, pues al lío: COMUNICACIÓN. Así, en mayúsculas. Un concepto grande, que impone e intimida. «Demasiado genérico», les digo. Porque, si lo piensas, lo de comunicar es como andar, como comer, como hacer el amor. Un infinitivo cargadísimo de variables, de estilos, de significados. ¿Comunicar con tu pareja o con un trabajador de tu empresa? ¿En qué circunstancias? ¿Comunicar con tus espectadores o con tus votantes? Con unos está en juego un buen rato, con otros su porvenir. ¡No me digan que no es genérico!
Hablé mucho en esa charla de Zaragoza (yo creo que demasiado), pero se trataba de eso. Les explico de dónde vengo, cómo me atrapó este oficio con 17 años, de qué manera me he metido en sus entrañas, disfrutándolo y aprendiendo cada día, cada noche. Y no es un tópico. Cada noche, cada programa, desde hace veinte años, percibo que he avanzado en algo por poco que sea o, por el contrario, que me he equivocado, que podría haber mejorado esto o aquello. El aprendizaje es infinito y ahí está su grandeza. Hay que estar atentos para que no se convierta en infelicidad, que sería el lado oscuro de los insatisfechos. Aprender es mágico, te mantiene joven. Ser infeliz te envejece. ¡Ojo ahí! Porque siempre, siempre, el camino de la mejoría debe estar marcado por el disfrute, por el juego. Si no, es que no lo has entendido.
Llegamos a la conclusión (espero) de que hay algo que debería ser común en todas las disciplinas de la comunicación, por variadas que sean: la honestidad. Y eso vale para todo en la vida. Honestidad y sencillez en el mensaje, en las formas, en el fondo. Con unos toques de humildad. Pero humildad de verdad, de la que no se finge sino que sencillamente es una expresión de nuestra manera de ser. Estos son tiempos en los que la impostura, lo falso, lo interesado, se detecta a varios kilómetros de distancia. «La gente no es tonta», les decía a aquellos directivos de empresas. «Estamos ante la generación más formada de la historia y con el acceso a la tecnología más avanzada que jamás haya existido. Todo a un clic de distancia. No hay que olvidar nunca esto». Puse algunos ejemplos de campañas publicitarias que parecen estar pensadas para tontos.
Creo que hay encarar lo de comunicar con normalidad, explicando tus flaquezas si es el caso, empatizando con el que tienes delante, siendo lo más transparente posible y enfatizando lo que de verdad te crees y quieres contar. Y siempre poniéndole pasión, emoción, ganas, humor… Si no estás bien, quédate en tu casa, no delante de un público. Si todo eso goza de una cierta armonía, de un ritmo, si se convierte en una narración interesante y no en un rollo patatero, ya tienes algo ganado. Pero no todo. Luego está la magia, el corazón de la comunicación. El duende, el alma…, bueno, ya me entienden. Algo inconcreto que provoca más atención, que seduce, que engancha. ¿Cómo se consigue? No lo sé. Pienso que en parte es algo genético. Lo tienes o no lo tienes. Puedes trabajarlo, debes hacerlo, pero siempre desde un don, dicho sea sin poesía.
Puse un ejemplo reciente de alguien que va sobrado de esa magia. Se llama Michael Robinson. Vino hace días al programa y volvimos a confirmarlo. Lo presenté como «alguien que cuando habla, te lo escuchas». Otras manera de definir la buena comunicación. Sí, le escuchas. Cómo lo dice, cómo sonríe, cómo subraya. No importa que haya hecho de su acento inglés una marca personal. Eso es anecdótico. Por mucho acento, si lo que dijera y como lo hace no interesara, sería uno más. Y Robinson no es uno más. Cabe recordar que este señor habla desde el trillado y previsible mundo del fútbol, donde los tópicos a mansalva son un verdadero campo de minas que destruyen la originalidad. Pero ni por esas. Michael los esquiva, los salva, te gana. Un tipo con el que te gustaría ir al fútbol y tomar una caña mientras te ríes y aprendes al mismo tiempo. Un buen comunicador.
«Memorias en diferido» en Interviú
Procesión
Martes, 26 de mayo de 2015

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