Como siempre: naturalidad, simpatía, complicidad, un poco de gamberrismo… La vida misma.

Como siempre: naturalidad, simpatía, complicidad, un poco de gamberrismo… La vida misma.

Lo primero que dije al subir al escenario del Festival de Málaga para presentar «El Culo del Mundo» fue «Gracias». Así lo sentía. Poder enseñar nuestro primer trabajo cinematográfico en un escaparate tan bueno como el de Málaga, es para estar muy agradecido. Y contento, muy contento. Málaga es cariño a toneladas de su gente, profesionalidad y respeto de los medios, buenos contactos, amigos de la profesión, una ciudad preciosa… Lo tiene todo.
No sé cuantas entrevistas pude llegar a hacer, pero no importa. Ahora, nuestro modesto documental ya ha visto la luz y todos nos sentimos muy a gusto. Como he dicho veces, «El Culo del Mundo» es una suerte de terapia y de canción de amor a la comedia. Un retrato de un momento —largo y cargado de incertidumbres— donde me buscaba a mi mismo, a mi propio futuro y también las claves de un oficio que nos engancha para siempre. «¿Los has encontrado?» me preguntaban. Bueno, uno no deja nunca de buscar. El viaje no cesa y ahí está la gracia. Lo que sí he encontrado es un maravilloso equipo, compañeros dispuestos a abrir su corazón y un público cariñoso.
Lo hablamos a menudo entre algunos humoristas: «Cada vez está peor vista la incorrección». Se ha producido un extraño fenómeno según el cual, a medida que avanzábamos (más o menos) en la construcción de una sociedad más justa, íbamos cercando y amenazando la incorrección humorística. Hemos confundido la protección de los derechos fundamentales con la bendita libertad de la ironía y el sarcasmo. No solo es una cosa de humoristas. En realidad, el mundo se organiza y trabaja desde hace mucho tiempo para estandarizarnos cada vez más, cosernos a normas, sembrar alertas continuamente. «Esto no se puede decir, esto no se puede hacer». El otro día compré tabaco en un quiosco. El hombre tiene una máquina. Pago y me dice: «Cógelo tú, solo tengo permiso para tener la máquina, no como estanco. No puedo dártelo. Cógelo tú». Creí que era una broma, pero era verdad. Así es el mundo actual. Un paraíso para los abogados, terreno abonado para los puritanos y conservadores. Diría fachas, pero está muy mal visto. No es correcto. Ustedes ya me entienden: me refiero a esos que siempre han estado arriba en el escalafón social (de donde no quieren bajar ni a patadas) y a los que les conviene una sociedad con bozal, atemorizada y controlada. Así las cosas, los cómicos hemos empezado a pensar dos y tres veces lo que decimos, nos reblandecemos a la fuerza y acabamos hablando de nuestras novias imaginarias, que, al no existir, no se pueden quejar. Lo previsible gana terreno y lo incorrecto se arrincona en una esquina del ring del espectáculo como una alimaña peligrosa. Cuando somos correctos, dejamos de significar una amenaza. Nos toleran. Nos ponen un 21 por ciento de IVA en la frente y, venga, a hacer reír, pero flojito…
He pensado en todo esto ahora que se cumplen cinco años de la desaparición del gran actor Pepe Rubianes, cuyo vacío sigue sintiéndose en la sociedad catalana como el primer día. Si había un tío querido en esta sociedad, era Pepe Rubianes. Todo un reto para los que intentan definir a todos los que vivimos en este territorio que se busca a sí mismo. Rubianes era gallego de nacimiento, cubano de crecimiento y catalán de madurez. ¡Hala, analicen esto! Ahora se edita nuevo material inédito, bajo el título de «Después de despedirme», y otra vez se agiganta la figura del más grande de los incorrectos, el más libre de los cómicos que jamás haya subido a un escenario. Bueno, al menos que yo haya conocido. Y llevo bastantes… Rubianes se pasaba lo correcto por el forro de sus caprichos. No estaba en la vida para caer bien a todo el mundo. Estaba para abrir la boca y dejar que sus palabras lo llenaran todo como una lluvia ácida con la que muchos se identificaban. «Pepe dice lo que todos pensamos, pero solo él puede decirlo». Así era. Cada vez que lo veía en directo me admiraba ese pasaporte para la verborrea hilarante y sin tapujos que le había entregado su público. Él lo sabía y lo usaba con energía. Protegía ese salvoconducto, era su razón de vivir, de ser. También creo que los más grandes no crean escuela. Son inimitables y es bueno que así sea. Lo que no es bueno es que se olvide su trabajo, lo que representaron, cómo lo hicieron y cómo influyeron. Así me lo tomo yo cuando consulto, lo que hago a menudo, sus textos y sus grabaciones. Me pongo la tarea de no dejar que caiga en el olvido y de reivindicar que en el ADN de un cómico está, pese a quien pese, la incorrección. A ver si aprendo.
«El Berenjenal» en Interviú.

«iAndreu» en Ara
