A volar, en la Ser

Viernes, 28 de junio de 2013

Este domingo empiezan las emisiones de 'Nadie Sabe Nada', en la SER. A eso de las siete de la tarde. Vamos a hacer el programa encima del ala de un avión, con la ayuda de cientos de sugerencias que los oyentes ya han enviado y confiando en nuestras cabezas. Cada uno con la suya. Berto Romero y un servidor y eso tan curioso que llamamos «improvisación».

La improvisación es un pequeño monstruo que llevamos en nuestro interior y que normalmente nos hace decir cosas que ni sabíamos que pensábamos. Ya podemos decir que somos adictos a eso, a lo que supone y a las risas que nos proporciona. Ojalá la gente se lo pase tan bien como nosotros. Volver a la radio es siempre emocionante. Gracias a la SER por apostar y al humor que, como siempre, nos protege.

'Nadie Sabe Nada'

Últimos retoques

Miércoles, 5 de junio de 2013

«Lo que hay que hacer es hacerlo». Esta frase que parece una perogrullada (y lo es) se escucha a menudo en los últimos días de ensayo de cualquier función. Has preparado, has previsto, has planificado pero lo que de verdad se echa de menos y se espera, es la reacción del público. El jueves estrenamos «Nadie Sabe Nada» con Gomaespuma. Irá bien. Seguro. Te lo digo yo que he trabajado de «Subdirector» como ellos mismos me han rebautizado. ¡Vaya tíos!

Gomaespuma

‘Nadie Sabe Nada’ Gomaespuma

Miércoles, 29 de mayo de 2013

Orgullo y placer. Orgullo por haber pensado algo con Berto que nos supera a nosotros mismos y puedan utilizar otros compañeros. El placer es que esos compañeros sean los Gomaespuma. ¡Míticos! Y en eso estamos. Preparando otra ceremonia de improvisación y complicidad que se verá y se gozará a partir del próximo día 6 de junio en el Calderón de Madrid. «¿El estadio?» me pregunta un taxista. «No. De momento el teatro». Todo se andará.

Gomaespuma

Humor y tristeza

Miércoles, 1 de mayo de 2013

A menudo me preguntan si se puede hacer humor de todo, si hay algún límite. Suelo decir que, aparte de tu sentido común (eso, el que lo tenga), que te va guiando, sí hay un límite: ese límite es el dolor. El dolor, la pena, la tristeza… Grises sinónimos para un territorio estéril donde no hay broma que valga, donde no brota la sonrisa, donde no es de recibo plantear un solo chiste. Es cierto que luego está la famosa fórmula de 'tragedia tiempo = comedia'; pero cuando estás jodido, el tiempo pasa muy lentamente y la perspectiva no existe, todavía no la has vivido.

Pensaba en todo esto al conocer las últimas cifras del paro y ese maldito récord de los seis millones. ¿Dónde está la gracia? España es ahora un país triste. Cabreado, sí, pero también triste. De ceños fruncidos, pocas celebraciones y mucha mar de fondo. Así las cosas, ¿dónde nos colocamos los humoristas? Les confieso que a veces se te pasan las ganas. Ves el patio y piensas: «¿Pero cómo voy a mirar hacia otro lado? ¿Adónde voy con el surrealismo cachondo o el costumbrismo y las experiencias personales?». Piensas cosas así y luego te animas tú solo o te anima alguien inesperado. De alguna manera, es la misma gente la que te manda un chispazo.

Leí en Twitter un mensaje dirigido a mí: «Creo que ahora en España la única forma de contar lo que pasa es a través de los programas de humor». Cuando leo eso, me vengo otra vez arriba y pienso que ese debe ser el nuevo (o renovado) sentido de nuestro trabajo. (Ojo. Que cada uno haga lo que quiera. Yo no soy nadie para dar consejos). Lo que yo pienso es que ahora más que nunca debemos buscar la sátira entre las costuras de esta desagradable realidad. Convertirnos en válvula de escape de esta gran olla a presión. Humor casi terapéutico que no puede ni quiere olvidar lo que está pasando. Al revés. Humor con los pies en el suelo de la realidad por negativa que sea. Hay que pensar así y disfrutar de una risa útil, higiénica, renovadora, de la calle%u2026 Hay que hacerlo aunque haya seis millones de motivos para no salir de casa.

«El Berenjenal» en Interviú.

Cuidado con ‘Mongolia’

Jueves, 28 de marzo de 2013

Ya que, por lo que veo, todos estamos de acuerdo en que el nuevo Papa es muy humilde, me quedo mucho más tranquilo y me permito hablar de otra cosa. Hay más temas, lo juro. A riesgo de quedar como un excéntrico, ahora voy a hablar de algo que me gusta. Miren, en realidad, lo que más me emociona de mi mundo (laboral) es buscar talento. Abrir los ojos y las orejas a todo lo nuevo, sorprendente, rompedor, con futuro. Acercarme a él. A veces captarlo, otras sencillamente disfrutarlo. Así es como me he ganado la vida durante los últimos treinta años. He intentado ser un cómico decente y rodearme de talento. Disfruto mucho más con alguien nuevo y prometedor que con un veterano pagado de sí mismo que te va refregando su biografía continuamente. Me aburre ese tipo de gente. Son pasado. Si algún día me comporto así, dispárenme en una pierna, por favor.

Por eso disfruté como un loco la semana pasada, cuando me tocó presentar en Barcelona El libro rojo de Mongolia, rodeado de sus locos y geniales creadores. Ya hace tiempo que vengo siguiéndolos así como de lejos, no me vayan a soltar un sopapo. (Sí. Tienen mala leche). Son gente moderadamente joven, valiente, incorrecta, incómodamente satírica, visceral y provocadora. ¿Cómo no iba a estar bien con ellos? Encima me invitaron a cenar en un sitio bueno.

Creo, sinceramente, que los de Mongolia han llegado para quedarse, para darnos un baldeo a todos los del gremio y para señalar los nuevos caminos del humor. Cada nuevo número de Mongolia es un pequeño (gran) acontecimiento. Usan bien las redes, cuidan a sus seguidores y saben manejar su ambición. En esta España del cabreo, se han calzado los sombreros de papel de periódico y se han inventado otro país insobornable que solo existe en sus mentes retorcidas y críticas. Mongolia. Puede que no estés de acuerdo con algunas de sus fobias, pero hay que reconocerles el talento y agradecerles su trabajo.

«El Berenjenal» en Interviú.

Ver más