Sentirse querido

Jueves, 28 de noviembre de 2013

Déjate de tonterías. Lo único que buscamos, lo único que queremos de verdad es sentirnos queridos. No hay lujo, ni regalo, ni nada que se equipare a ese sentimiento, a esa sensación. Lo material se desvanece, caduca, te lo quitan, te lo regatean, se desvaloriza en menos que canta un gallo. Lo material es como un coche que a la que sale del concesionario ya ha perdido valor. Nada. Fuera. Quizás te puedas dar un capricho, una cena, un pequeño viaje… Eso, quien pueda. Pero si estás una época en la que, por lo que sea, no puedes permitírtelo, pues no pasa nada. ¡Qué va a pasar!

Si tengo dudas sobre eso, se lo pregunto a mi madre. Una mujer de la posguerra que creció en la necesidad, en la carestía. Y aquí está la mujer, en ésta época digital sin entender la mayoría de las cosas y tan solo pidiendo y dando CARIÑO. Así, en mayúsculas. Todos lo buscamos, aunque nos cueste reconocerlo porque el mundo actual se ha puesto arisco y comercialmente individual y competitivo. «No cuento cómo me siento no vaya a parecer vulnerable y me quede en la cuneta». ¡Chorradas! Hoy voy a explicar cómo me siento y cómo el cariño que he detectado en los últimos días me ha masajeado el alma.

La semana pasada estrenamos nuestro nuevo programa de televisión. No dejo de repetirme que se trata solo de un programa, de un trabajo, pero es como si la realidad, lo que pasa alrededor, se empeñara en cuestionarme eso. Es más que un programa. Es un estado de ánimo, un reto, un puente audiovisual hacia la gente que nos sigue, gente cómplice, gente que quiere que nos vaya bien. Ahí está el foco del cariño. Otro más y ¡bendito sea! Debo decir que ya venía sintiendo eso desde hace años y que estoy absolutamente convencido de que es lo mejor de mi profesión. Será lo que recordaré. «Te admiro», me decía alguien. «No lo hagas», le contesté. «Quítale las dos primeras letras. Mírame. Y se puede ser, quiéreme. Encapríchate, siéntete cómplice porque yo me siento así con vosotros». No sé si quedé demasiado poético o sonó a falsa modestia. De todo hay un poco también. Somos un montón de cosas, pero sobre todo somos emocionales y esa es la gasolina, el ADN verdadero. Estar triste es una mierda porque lo anula todo. Estar contento, sentirse querido es lo mejor porque lo ilumina todo. Y yo quiero vivir ahí. ¿Quién no? Querido y respetado. Ya pueden caer chuzos de punta (que caen), pero si hay cariño, hay camino.

Un mensaje sincero de Whatsapp, un taxista que pasa y levanta el pulgar al verte, un discreto «gracias» en la cola del pan, un «te vi anoche» por lo bajini de una mujer mayor al cruzar un paso de cebra. El cariño es líquido y se cuela por todas partes. Y tú lo vas acumulando, lo pones en tú reserva y te viene muy bien ese miércoles (por ejemplo) a las doce de la noche en un frío polígono industrial de las afueras. Ahí nos juntamos para fabricar la comedia.

El otro día, antes de empezar, el escritor y guionista Albert Espinosa nos regaló a Berto y a mí una ficha de casino a cada uno. «Os va a traer suerte». Nos contó una historia preciosa de sus años de hospital, de cómo un hombre le regaló cientos de fichas de casinos de todo el mundo para que él las regalara, para que repartiera suerte. O sea: el cariño se transmite, es la energía. Nunca se destruye, solo se transforma.

«El Berenjenal» en Interviú.

Cara de teatro

Martes, 26 de noviembre de 2013

Soy feliz en el teatro. Esas cosas se notan. Soy feliz cuando se apagan las luces de la normalidad y se encienden las del escenario. Como esta luz roja que pintó el ambiente durante los ensayos de «Espain» un espectáculo con La Shica. Rojo pasión, rojo energía, rojo vida. Durante una hora y media el mundo entra en un paréntesis de música y palabras. Todo es posible. Luego salimos a la calle y todo parece imposible. ¿Cómo no voy a amar el teatro?

«Fotodiario» en El Periódico

Cara de teatro

Lo de Valencia

Jueves, 21 de noviembre de 2013

Sí, ya sé que voy tarde, que se ha hablado mucho (y lo que te rondaré), pero no todos los días se cierra una televisión autonómica de peso. El tema se las trae y lo conozco un poco. Se trata de una muerte vaticinada, pero no por ello menos dolorosa. Una dura y desagradable metáfora del despropósito. Los políticos se comportan normalmente como elefantes en cacharrerías, pero convendrán conmigo en que, cuando entran en contacto con los medios de comunicación, tendríamos que hablar de dinosaurios en fábricas de cristal. ¡Madre del amor hermoso! Se podría hacer peor, pero habría que estudiar muchos años. Es muy difícil.

Conozco y valoro el talento artístico de los valencianos. Su sentido del humor, su olfato intelectual, su capacidad de ser críticos y creativos. Por eso nunca entendí cómo podían tener una tele sumisa y paródica como la que tenían. Es que no me entraba en la cabeza. Cuando empecé mi carrera en TV3, a mitad de los noventa, vivimos con emoción cómo aumentaban continuamente nuestros seguidores en Valencia. Recuerdo que durante un viaje a esas tierras para presentar un libro (les hablo de cuando había librerías), me salió algo parecido a «los valencianos no tienen la tele que se merecen». ¿Repercusión? Ninguna. Solo vino un medio o dos (a pesar de aglomerarse más de mil personas en aquella librería) y los demás pasaron de nosotros. Solamente la Cartelera Turia aguantaba la débil antorcha de la imparcialidad y la opinión sin miedos. Cada año organiza unos premios que eran (y siguen siendo) como una cerilla en mitad de la oscuridad.

Otra vez hicimos nuestro programa durante cuatro días en la Ciutat de les Arts. Invité públicamente a Rita Barberá, la alcaldesa. ¿Repercusión?: la misma que años atrás; o sea, ninguna. El silencio. No hubo eco en prensa ni, por supuesto, en la tele pública. Nunca un adjetivo fue tan equivocado. Pese a que lo mío era una chorrada y a conocer ya cómo se las gastaban por allí, no dejaba de sorprenderme que los valencianos, más allá de su color político, no tuvieran el más mínimo interés en gozar de unos medios de información modernos, que contaran lo que pasaba. Les estaban contando una parte sesgada e infantilmente parcial de la realidad. ¡Como si los valencianos fueran tontos! Me hablaban, mis amigos, del omnipresente y asfixiante control del Partido Popular. De la inoperancia de los socialistas; del eterno y absurdo debate de si el valenciano es una lengua diferente al catalán, esas cosas… Total que, entre unos y otros, la casa sin barrer y hasta arriba de porquería. Años más tarde, vendría una catarata imparable de desfalcos, procesos judiciales, dimisiones, corrupciones, aeropuertos, trajes, viajes papales, Tierras Míticas, Ciudad de la Luz, amiguitos del alma y demás detritus políticos que sacaron a la luz lo que durante tantos años circulaba por las cloacas más interesadas del poder. Escoria y burla ante las mismas narices del pueblo valenciano. Todo, como una gran película de Berlanga. Tan exagerado y ostentoso que parecía imposible.

¿Qué hacía, mientras tanto, Canal 9? Pues… no mucha cosa. Los sucesivos gobiernos populares ya se habían encargado de crear una tupida red de miedo, censura, dependencia e intereses. Hicieron bien los compañeros de Canal 9 pidiendo perdón por silenciar el accidente del metro. Un perdón simbólico por tantos años de espaldas a la ciudadanía. Ahora, el Gobierno debería pedir perdón por el saqueo y la manipulación. Y partir de cero. Canal Cero debería llamarse. Empezar de nuevo con la lección aprendida. Sí, yo también soy pesimista.

«El Berenjenal» en Interviú.

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