Creo que los Monegros ganarían mucho con un cartel tipo Hollywood. Yo dejo ahí la idea por si acaso…

Creo que los Monegros ganarían mucho con un cartel tipo Hollywood. Yo dejo ahí la idea por si acaso…

Este es un articulo escrito desde la emoción. Osea: totalmente subjetivo e influenciado. Ahora que lo pienso, como todos los artículos vamos, porque se supone que para eso nos pagan, para escribir lo que opinamos, lo que nos dictan las tripas con el mínimo de filtros posibles.
Quiero hablar de Vitoria, de su FESTVAL de Televisión, donde hace unos días tuve el tremendo orgullo de recibir un premio, de sentirme querido y respetado y de, comprobar, que aman la televisión. Claro, esto te marca y voy a estar agradecido de por vida. Todo el mundo quiere que le quieran, esto es así. Se trata, además, del principio activo que mueve a todos los artistas: «Querer ser querido, querer gustar». En efecto, trabajamos con la parte más blanca de ese monstruo llamado ego al que hay que saber dominar. Sin ego, sin ganas de gustar, de recibir cariño y de devolverlo actuando, vale más que te quedes en casa. Por eso te emociona vivir unas horas en las aguas calientes y acogedoras del FESTVAL que, después de cinco años, se ha convertido en la gran cita, el gran escaparate de la televisión en España. Se dan premios, se dan charlas, se debate, se reconoce, se «celebra» la televisión. Y eso está muy bien porque mi oficio (como tantos) vive siempre bordeando el descrédito y la banalización. Buena parte de culpa la tiene la maldita crisis. Menos dinero de publicidad igual a menos inversión, igual a menos riesgos, igual a televisión de batalla, de gran consumo. Cuando la pobreza entra por la puerta, la calidad salta por la ventana.
La televisión se mete en millones de hogares, coloniza su ocio y eso es algo muy serio. Vitoria lo sabe, ha dado primero y ha dado fuerte. Mi felicitación para todos ellos, mi modesto consejo de que no solo celebren si no que cuestionen, empujen, aviven el fuego de la creación y la calidad. Estoy convencido de que lo van a hacer. Cuando recibí el premio dije de todo corazón que cambiaba todas las buenas palabras por tener programa el lunes. Porque creo que las cosas se arreglan y se mejoran trabajando en ellas. Y en eso estoy, aunque no es fácil. Era mi manera de decir que amo este oficio, que me cabrea cuando hace cosas que no me gusta, que me estremece cuando me sorprende positivamente , que me subleva cuando lo veo en manos de desaprensivos y que creo fervientemente en su brillante futuro. Depende de nosotros. Como siempre.
Fotografías de FestVal

«iAndreu» en Ara
Si todo va como está previsto, miles de personas formarán una cadena humana que recorrerá todo el territorio catalán el próximo 11 de septiembre. Son personas que quieren la independencia de Cataluña. Por mucho que se hable del «derecho a decidir» y de referéndums. Son eufemismos y los que vivimos aquí lo sabemos. La cadena la integrarán ciudadanos que no creen en un futuro dentro del Estado español por muchas y acumuladas razones que hay que respetar pero, sobre todo, no hay que menospreciar. En ningún caso.
Se equivocan aquellos que lo atribuyen a una minoría, los que lo tildan de «algarabía», los que quieren enmarcarlo en una locura, una quimera o una provocación. Seguramente conocerán el fantástico éxito literario «Victus», de Albert Sánchez Piñol, basado en el asedio de Barcelona en 1714. Uno de los mejores libros de los últimos años. Pierdan cinco minutos y lean o escuchen a su autor. Un hombre sensato, listo, enamorado de la historia, frío y muy fino leyendo esta extraordinaria situación actual. Le preguntaron que opinaba del posicionamiento de los políticos catalanes ante el proceso de independencia. Contestó que «no le importaba». Añadió que éste es un proceso que impulsa y lidera «la sociedad civil», la gente y que eso tiene toda la fuerza del mundo. Ahí está la clave. La delicada clave.
Si vives en Cataluña y tienes dos dedos de frente, no puedes hacer otra cosa que respetar y seguir muy atento cómo evoluciona esa fuerza gigantesca de la sociedad civil. Y puedes no manifestarte sobre el tema, faltaría más. Yo lo llamo «silencio respetuoso». Una actitud que tiene como objetivo no perjudicar la legitimidad de los que se manifiestan pero, además, una observación atenta y exigente de los acontecimientos para que no sean pervertidos. Los políticos catalanes están acosados y empujados por la fuerza de la sociedad. Todo ha cambiado. Algunos dicen tonterías, otros pretenden que Madrid no se enfade, los hay que intentan inyectar calma, pero todos, todos miran constantemente de reojo a «la gente».
La independencia ha entrado como un vendaval en sus agendas e idearios. Hay mucha gente que no participará en la cadena humana pero no por eso dejan de estar pendientes, muy pendientes e interesados en el proceso. Quieren lo mejor para Cataluña, para sus vidas y sus familias, desean que el debate identitario no perjudique el todavía más urgente debate social y sus soluciones. ¿Cómo demonios salimos de la crisis? ¿Y si lo hacemos fuera del Estado español, nos va a perjudicar todavía más? Son igualmente legítimas y respetuosas estas dudas. No creo que sea bueno que se establezca una superioridad moral entre los que se manifiestan abiertamente y los que no. Otra de las claves para el futuro será ampliar el debate sin complejos ni clasificaciones. Desacralizarlo, abrirlo a todos los ciudadanos y nutrirlo de información real (sin simulaciones interesadas) que nos proyecte a cinco, diez años vista. Si todo esto se hace bien, las proporciones del tsunami independentista de Cataluña son imprevisibles. Cataluña será lo que quiera ser, tarde lo que tarde y le pese a quien le pese. No será lo que «le dejen» ser. Las voluntades, históricamente, siempre han vencido a las posibilidades.
«El Berenjenal» en Interviú.

«iAndreu» en Ara