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Jueves, 19 de junio de 2014

Brasil

Eso de la felicidad

Jueves, 13 de marzo de 2014

Hace unos meses asistí a una charla a la que me invitaron. Era por la mañana, se trataba de un compromiso previo al programa. Lo digo porque ahora, desde que me acuesto a los dos de la madrugada y con el ruido de la televisión repiqueteando todavía en mi cabeza, las mañanas son algo espeso e inconcreto que intento sobrellevar lo mejor que puedo. Pero allí estaba yo, habiendo dormido unas cinco horas (pocas en mi caso), con la mejor cara que encontré en mi archivo. Hablamos de internet, del uso personal de las redes y todas esas cosas. El típico tema del que muchos hablamos últimamente, pero que muy pocos conocen exactamente. El caso es que la charla era interesante porque mi anfitriona era lista y se había preparado bien el tema. De repente, y hacia el final del encuentro, me preguntó: "¿Porque, Andreu, para ti qué es la vida?". Miré hacia los lados, como buscando a alguien más. Alguien que me sacara de la atolladero. Pero no. Me lo preguntaba a mí, así que, una vez más, me debía tirar a la piscina y echar mano de mi amiga la improvisación. Creo recordar que le dije algo así como: "Mire, yo solo soy un cómico, no sé si mi opinión les va a servir de mucho. Le diré que intento disfrutar con mi trabajo y ser honesto conmigo mismo y con los demás. Quizá la felicidad sea hacer eso más o menos cada día. No lo sé... Yo vivo así, pero tengo muchos fallos. Quiero decir que lo de vivir vendría a ser una ciencia muy poco exacta". Aplaudieron (quién sabe si por cortesía) y yo pude salir a la calle, donde respiré un poco. Respiré, me hice fotos de esas absurdas que la gente te pide porque "mi novia no se lo va a creer" y me confundí entre la muchedumbre de Barcelona. En las ciudades, apresuradas, humeantes y un poco cabreadas, tienes la sensación de que nadie es feliz. No lo parece. No están en las calles para ser felices. Van al trabajo porque lo tienen o van a buscar uno desesperadamente. Pensaba en eso...

A los pocos días pasé por un programa de radio. Nos reímos bastante porque el humor, bendito humor, sirve para quitar hierro a las cosas y hablar de todo aunque parece que no hablas de nada. El presentador me preguntó por mi nuevo programa. "¿Cómo te va?". "Bien, supongo que bien. Cuando trabajo me siento bien y me acompaña mucha gente buena. Al otro lado de la pantalla parece que también hay gente, por lo que la cosa va tirando". "¿Pero tú estás contento, eres feliz?". ¡Y dale! Hay algo de impúdico en el hecho de preguntar tus sentimientos, ¿no? Es como cuando te preguntan si estás enamorado y no es tu pareja la que lo hace... Yo lo veo así, quizá sea la timidez. Le dije: "Mira, yo tengo cuarenta y nueve años. A esta edad, si estás muy contento, es que eres tonto. Si estás muy triste, es que no has entendido nada". Risas y final de la entrevista. No fui consciente de lo que había dicho hasta que alguien lo retuiteó. (Ahí tenemos otra característica de los tiempos actuales). Me gustó más cuando lo leí. Me pareció que lo había escrito otro. La felicidad, pues, sería el equilibrio entre la euforia naíf y despegada de la realidad y una visión ácida y gastada de las cosas. Hay motivos y momentos para todo, lo sabemos, pero solo estás bien si estás equilibrado y sabes identificarlos. No digo que sea fácil, solo digo que la felicidad (espontánea, escurridiza) anda por ahí. Por si les puede ayudar.

"El Berenjenal" en Interviú.

La vida te da sorpresas

Domingo, 9 de marzo de 2014

La vida misma, sin sorpresas, sería de lo más rutinaria y previsible. De la misma manera, cuando las sorpresas son desagradables, nos entra una especie de desazón, una rabia y hasta una impotencia. Así pues, ¿cómo quedamos? Imposible llegar a un acuerdo. No olvidemos que somos humanos, que cada uno es de su padre y de su madre y que la percepción de las cosas es algo muy personal. Algunos vivirán las sorpresas como giros agradecidos del destino. A otros (más bien cenizos o directamente gente poco interesante) cualquier cosa que se sale de la norma les obliga a replanteártelo todo, a dudar e incluso... ¡a pensar! ¡Y eso sí que no! Hay gente que no quiere pensar demasiado, que ya viene pensada de serie (o eso creen ellos). Gente que tiene la porosidad del acero inoxidable.

Conozco a un tipo que sostiene que, a sus treinta y pico años, ya tiene todos los amigos que necesita. No desea más. Tampoco está interesado en nuevas creencias (lo matricularon como católico aunque no va a misa ni practica), ni en nuevos hobbies, ni en las tecnologías actuales (abomina de las redes). Dice que le da pereza todo lo nuevo y que ya tiene suficiente trabajo digiriendo lo que sabe. No es mal tipo, pero podría ser que hubiera muerto en vida y todavía no nos hemos enterado. Ha adoptado el escepticismo rancio e inmovilista como bandera, es un auténtico frontón con patas y ahí está el tío, "viéndolas venir", según sus palabras. Me pregunto si este hombre/zombi del que les hablo vio la 'Operación Palace' de Jordi Évole en laSexta. Un fantástico ejercicio de ficción sobre un episodio fundamental de nuestra historia. Juraría que lo vio y que no le gustó. En realidad no le gustó que le engañaran, que le sorprendieran con una pieza que exigía concentración hasta el final y una amplitud de miras, digamos mediana. Jordi apostó por la sorpresa, por saltarse la norma y abandonar el territorio más cómodo para él y para todos. Y yo me pregunto: ¿cómo puedes estar en contra de alguien así? Alguien que arriesga, que mueve los límites mentales, con lo sano que es eso y apela a nuestra inteligencia. ¿Qué hizo mal? Hay una corriente que opina que perdió credibilidad como periodista. ¡Vamos, hombre! Tenemos a periodistas haciendo anuncios de bancos y de caldos de gallina como si tal cosa. Tenemos a periodistas que no hacen una entrevista interesante desde hace veintidós años. Otros que escriben o hablan al dictado de su grupo editorial (el paro es un monstruo que está ahí). Con todo ese panorama, ahora vamos a discutir si uno de los mejores, por un momentáneo cambio de formato y de registro, ha dejado de ser creíble. La duda ofende.

Según mi modesta opinión, el mundo del espectáculo, del entretenimiento, está basado en la sorpresa. La considero una pieza fundamental del ADN creativo. Aunque no lo sepamos, estamos esperando que nos sorprendan porque eso subvierte el orden y la lógica y a partir de ese momento, las cosas son interesantes, únicas, especiales, creativas y en algún caso hasta geniales. Jordi dejó claro que, por una vez, iba a hacer espectáculo. Un espectáculo que echaba sus raíces en la información de un episodio histórico ya superado, vale, pero espectáculo a fin de cuentas. Y lo hizo muy bien. Como siempre.

"El Berenjenal" en Interviú.

Fenómeno Chicote

Martes, 4 de marzo de 2014

Los fenómenos televisivos salen muy de vez en cuando. Los fenómenos de verdad. No me refiero a esos programas que consiguen mucha audiencia pero cuya fuerza o eficacia radican solo en el formato, en una gran idea vestida espectacularmente y que conecta con el gusto mayoritario de la gente (algo que no analizaremos ahora porque nos llevaría varios artículos). Lo que quiero decir es que son grandes ideas, pero a menudo están despersonalizadas. Son programas muy resultones, que todas las cadenas buscan, por supuesto, pero ante los que siempre me pregunto lo mismo: ¿qué pasaría si lo presentará otro? ¿seguirían siendo un éxito? En la mayoría de los casos la respuesta es sí, y, claro, ahí es cuando mentalmente hago un corte entre programa de éxito y fenómeno televisivo. El que tiene las dos etiquetas es un crac. El que hace un programa bueno y, además, es imprescindible ya ha captado mi atención, bastante desgastada por cierto después de tantos años. Una vez, hablando con un directivo sobre un programa que era un pelotazo, me soltó: "Este programa es tan bueno que lo podría presentar la cabra de la Legión". Me sonó como un mazazo para todos los del reducido y sufrido gremio de presentadores humanos. No pude dejar de imaginarme a la dichosa cabra en mitad del plató, mascando unos matojos, ajena a todo lo que iba sucediendo a su alrededor. Pensé: ¿esto es lo que me espera? ¿Acabaremos siendo ganado en un campo de píxeles, música, aplausos y ruido? ¿De verdad que se ha perdido toda esperanza en la autoría, en las habilidades de una persona para captar la atención a través de la pantalla? Quiero pensar que no, que entre el gusto y el consumo adocenado de la televisión todavía queda sitio para la gente especial.

En los últimos meses he descubierto a un fenómeno, alguien que mantiene la llama de la singularidad ante las cámaras. Se llama Alberto Chicote. Ese hombre rotundo y sin pelos en la lengua que se mete en las cocinas más impresentables de España e intenta salvarlas como sea. ¿Cuál es el secreto de su éxito? Yo diría que su sinceridad, su arrojo, su valentía a favor de obra. Y que sabe de lo que habla, claro. Primero pensé que estábamos ante otro tipo cabreado que manejaba bien el conflicto (algo que últimamente vende mucho en televisión, como en tantos ámbitos). Pero es mucho más que eso. Porque un tipo iracundo te acaba cansando. No, no. Chicote se arremanga, busca el cuerpo a cuerpo entre los fogones y hasta hace sus pinitos en psicología laboral (si es que existe). Quiero decir que sabe arañar el alma y la pasión de los propietarios, a menudo confundida y desordenada. Les pone ante el espejo de su negocio, les hace reaccionar y les lleva de la mano hasta los territorios básicos de la cocina. El camino del éxito de Chicote no ha sido fácil y por eso hay que valorarlo todavía más. Tenía que hacer olvidar al original inglés (muy bueno, por cierto), tenía que normalizar esas casacas imposibles de colorines, tenía que hacer atractivos esos ambientes aceitosos y claustrofóbicos. Y lo ha conseguido. Currando como un loco, como me comentaba en Navidad mientras rodábamos un spot para nuestro grupo. Toda la semana de rodaje, metiéndole corazón y energía. (Ahí tienen otra clave para el éxito, universal). En nuestro programa somos fans y por eso le imitamos. Alguien dijo que siempre imitas a quien admiras. En este caso sí. Felicidades, Alberto. A ti y a todo el equipo. Habéis convertido vuestra pesadilla en vuestro sueño.

"El Berenjenal" en Interviú.

El crudo invierno

Viernes, 21 de febrero de 2014

No me gusta el invierno. No le veo la gracia, así, en general. Soy mediterráneo y necesito que los días sean largos y luminosos, que el calor lo barnice todo y lo haga más agradable y confortable. Las estaciones son estados de ánimo, y no me negarán que el invierno es lo más cercano a la tristeza. Este invierno está siendo crudo y ya llevamos algunos encadenados. Demasiados. Luego los superamos, sí, pero hay que sufrirlos. Me he tirado una semana en la cama y sin voz, lo peor que le puede pasar a un inquieto patológico que se gana la vida hablando. Pienso: "Ves? Esto solo puede pasar en invierno". Y te vas consolando ante ese estudio popular nunca confirmado que suele comentar la gente: "Está todo el mundo igual, este año ha venido muy fuerte". Pues vale. Duermo, leo un poco si la fiebre me deja, veo la tele, dibujo, duermo... sueño cosas raras, intento hablar.

"¿Qué dirán los poetas sobre el invierno?". Si hay un gremio sensible, es el de los poetas. Ellos saben contar lo que el alma siente. Voy a Machado. "Canción del Invierno":

(...)
cae la lluvia sucia de las nubes de plomo
Y la ciudad no sabe lo que le pasa, como
el pobre corazón no sabe lo que quiere


Luego, quizá para animarse un poco, cosa que agradecemos, Manuel abre una puerta a la esperanza.

Cerremos la ventana a este cielo de cobre.
Encendamos la lámpara en los propios altares...
y tengamos, en estas horas crepusculares,
una mujer al lado, en el hogar un leño


Buena idea. Mirar un tronco en la chimenea es de los espectáculos más previsibles, y al mismo tiempo magnéticos, que existen. Puedes estar horas y horas. Como pasó con las imágenes de la Infanta entrando en el juzgado de Palma. Solo eran trece pasos y una sonrisa de manual, pero las televisiones lo reprodujeron en bucle hasta la saciedad. Entraba, salía, entraba, salía... Y ahí estábamos viéndolo, como el tronco que arde. (Una buena metáfora para la monarquía, ¿no?). A pesar de los esfuerzos de Roca Junyent por venderlo como un gran día para la democracia, me parece que es el primer día (de verdad) de una cuenta atrás. Quizá no la sienten en el banquillo de los acusados, pero la desafección se ha acelerado y las consecuencias son imprevisibles. No quisiera estar en la piel del príncipe Felipe, auténtico aparejador de la reconstrucción borbónica.

Invierno. Crudo invierno. Hasta los temporales se han puesto al servicio de una puesta en escena dantesca. Olas gigantes, muelles arrasados, alerta roja... Ahora lo llamamos ciclogénesis explosiva, pero hace unos siglos se hubiera considerado un nuevo apocalipsis. El cielo cabreado acojona. Los vientos desatados dan escalofríos. "Dicen que va a hacer un viento terrible", nos recordaba un familiar el otro día. Yo di gracias a Dios por no llevar peluquín. Hubiera tenido que pegármelo a la cabeza con cinta de doble cara. Y ni por esas. Mudo y resfriado, acudo al foniatra. Me pregunta si fumo. "Sin mentiras". Luego me pone una cámara diminuta en la punta de un tubo metálico y la introduce por mi boca. Me agarra la lengua y me obliga a decir "sí". Digo: "iii". Veo mis propias cuerdas vocales, que tienen un aspecto genital femenino y me señala la dolencia. Hago como que lo entiendo, pero nunca entiendo lo que me dicen los médicos.

Invierno, crudo invierno. Actores cabreados en los Goya, ministro a la fuga... Lo mejor de todo es que sabemos exactamente cuándo termina el invierno. Ojalá pasara lo mismo con todo lo malo.

"El Berenjenal" en Interviú.