Un breve pero emocionante mensaje de una amiga. Breve pero intenso como un buen café. Una sola frase que resume la esencia de nuestro trabajo y anima a seguir adelante. Gracias.

Un breve pero emocionante mensaje de una amiga. Breve pero intenso como un buen café. Una sola frase que resume la esencia de nuestro trabajo y anima a seguir adelante. Gracias.

Ahí sigo con la duda. La semana pasada el diario ABC dedicaba una de sus contundentes portadas al tema y anunciaba: «El Gobierno bajará el IVA cultural». Cabe recordar que esta es una reclamación permanente, justificada, indispensable, algo que el sector formula constantemente. Algo vital y vergonzoso a la vez. Somos el país con el IVA cultural más caro de Europa. Quién sabe si se trata de una prueba piloto para ver hasta qué punto se puede machacar una cultura. Un experimento bizarro de aniquilación por desgaste, por asfixia. Bueno, así las cosas, el anuncio de Abc captó la atención. Otros medios se hicieron eco. Lo siguiente que sucedió fue que el Gobierno negó (con timidez, pero lo negó) tal medida. ABC insistió con su primicia: «El Gobierno busca el momento adecuado para anunciarlo». Me gustó mucho lo de «buscar un momento adecuado». Esa tarde colgué un vídeo en Twitter que me grabé yo mismo, donde se ve un pie pisando una especie de superficie lunar y una voz en off que decía: «Si baja el IVA cultural, será un pequeño paso para la cultura, pero un gran paso para la campaña electoral». Pero pasaban las horas y la medida no cogía cuerpo oficial. Por la noche decidimos llamar en directo al ABC. Lo denominamos «periodismo de investigación» y así, de paso, nos reímos un poco de las imposturas del gremio. Costó comunicar con el rotativo, pero al final contestó un señor. «Soy Buenafuente y estamos en directo. Si, por lo que sea, no quiere seguir hablando, no pasa nada». Algo así le dije. Estábamos haciendo una gamberrada, de acuerdo, pero avisando. Una broma bastante blanca, francamente. Lo he practicado en la radio toda mi vida.
Lo que vino a continuación fue un momento tenso e incluso agrio. «¿Qué quiere?». «Quiero que me confirme si se va a bajar el IVA». «Eso es lo que hemos dicho», apuntó muy seco. «Ya, pero el Gobierno no lo confirma, compañero». «¿Cómo ha dicho?». Con esta pregunta, con su pausa, me estaba recriminando que lo llamara «compañero». Lo pillé y no le faltaba razón. Yo también noté que me había precipitado. Todo se torció a partir de ahí. «Llame usted al Gobierno. Oigo risas, ¿estamos en un programa?». «Sí -le recordé-, ya se lo he dicho». Al final me colgó, no entró ni en el juego, ni en la conversación, ni en nada. Estaba en su derecho, faltaría más, pero perdió la oportunidad de ser amable. Después del sofoco, recordé que «nos hemos quedado igual, no sabemos si se baja el IVA de la cultura». Y así es. Mi modesto olfato me dice que Abc dispone de esta información, de una filtración seguramente interesada del Ejecutivo. Pero no deja de ser muy peliculero que el propio Gobierno lo desmienta. Como si les hubieran dicho: «Vosotros lo publicáis, nosotros lo desmentimos, pero es verdad. Cuando por fin se confirme, podréis decir que ya lo habíais avanzado». Algo así. O no. Hace tiempo que no entiendo el periodismo. Y cuando no entiendo algo, no me lo creo o me enfrío, me alejo de él. La prensa, últimamente, parece un juego barato de espías con intereses. Una mezcla de propaganda, de márquetin. Algunas portadas son más bien páginas de humor. Levantan más sonrisas que interés y, por supuesto, credibilidad.
«Memorias en diferido» en Interviú
A medida que conocemos más detalles sobre la familia Pujol y sus presuntos escarceos con el fraude, aumenta la necesidad de escribir una serie sobre ellos. Creo que TV3 podría ser la cadena idónea para esta producción. Ríete tú de «Juego de tronos». Hay de todo. Herencias ocultadas durante décadas, expiación pública, espionaje, esposas despechadas, lujo, toda la familia salpicada… No sé a qué están esperando. Cuando los vi en la comparecencia ante la comisión de investigación del Parlament, pensé que esa era la escena inicial de la serie. Esa especie de psicoanálisis colectivo, ese mirarse al espejo de los catalanes y descubrir todo lo que no nos gusta… La serie empieza ahí y luego, a base de flash backs, nos lleva a lo más oscuro y profundo del «pujolismo». Un éxito asegurado. Y da para varias temporadas. Muchas, vamos.
El «caloret» de Rita Barberá provoca vergüenza ajena
La vergüenza ajena es una de las sensaciones más inquietantes que hay. Viene generada por alguien que no eres tú y, a pesar de eso, te sientes mal y te gustaría desaparecer. Es el lado oscuro de la empatía. Eso es lo que sentí al ver (sin dar crédito) a esa Rita Barberá, confusa y eufórica, anunciando las fallas en Valencia. Ya estamos acostumbrados al esperpento ritense, pero ese pisotear el diccionario, esa búsqueda del concepto «caloret», lejos de calentar, heló la sangre de los asistentes. Pero si hasta las falleras la miraban como de soslayo pensando: «Pero ¿qué está diciendo esta mujer?». Si yo pagara mis impuestos en Valencia, me habría echado unas risas como todos para, acto seguido, seguir preguntándome qué extraño fenómeno se produce cada cuatro años permitiendo que ocupe la alcaldía. Eso sí da «caloret».
P.D.: Leo con interés una entrevista al escritor valenciano Ferran Torrent, que publica nuevo libro. Siempre me interesa lo que dice. Es un tipo listo y crítico. Me deja de piedra cuando asegura: «Da vergüenza decir que eres valenciano porque se ríen de ti». Es durísimo. Y más viniendo de un hombre que ama su tierra. La ama tanto que le desespera la incapacidad de organización de la sociedad civil para expulsar a los corruptos gran reserva que medran por el Levante desde hace tanto tiempo.
Se me apareció por sorpresa Nacho Vidal
Una noche, en pleno programa, apareció una caja de cartón en mitad del programa. No había nada dentro y, de repente, apareció Nacho Vidal. ¡Superen eso! ¿Magia? Sí, por supuesto. Si no fuera así, todavía a día de hoy estaría en estado de shock. Detrás de todo estaba Jorge Blass. Nos presentó la nueva edición del Festival de Magia de Madrid, donde se van a congregar durante un mes los mejores del mundo y, claro, le hicimos trabajar. Tengo la impresión de que la magia vive una nueva época dorada y buena parte de la culpa la tienen los jóvenes profesionales. Magos que salen de los teatros con cámaras, que interactúan con los objetos de la calle, con cualquier cosa por insignificante que sea, con las nuevas tecnologías, con todo. Ahí está el Mago Pop, un auténtico crack, y sus viajes en el espacio tiempo. Blass me pidió entrar en mi cuenta de Twitter, fui a los que sigo y escogí al azar uno de ellos. Se trataba de Nacho, y este estaba en la caja. Estoy convencido de que mi fantástico equipo se compinchó con el mago, yo no me enteré de nada y de repente… ¡zas! Eso es la magia, ¿no? Lo que parece imposible, lo inexplicable, la sorpresa en mayúsculas.
«Memorias en diferido» en Interviú
A veces me pregunto por qué pinto. Es una pregunta un poco absurda porque pintar, dibujar, es una expresión, una necesidad, una terapia… Es un montón de cosas. Voy acumulando obras, algunas mejores que otras pero todas responden a un momento, a un estado de ánimo, a unas ganas de experimentar y, sobre todo, de pasármelo bien. También tengo la costumbre de regalar algo de lo que hago. Normalmente, me aseguro de que a la persona le hará ilusión ya que de lo contrario no tiene ningún sentido. Cuando esto sucede, es como si se cerrara el círculo de la creación. Esto es lo que me sucedió con mi amigo Ernest. Le regalé una pintura porque es un buen amigo y tiene mucha sensibilidad para el arte. La sorpresa (agradable) fue comprobar que la ha enmarcado y la ha incorporado a su fantástica colección, algo que sin duda me supera. Fui a ver a mi (su) criatura. Y ahí estaba, orgullosa y digna, al lado de algunos consagrados. Por cosas así, vale la pena seguir pintando.

Nuestros primos lejanos del Paleolítico, por lo que parece, eran lo más. Gente fuerte, noble, que iba de cara, en constante movimiento, más sanos que todas las cosas. Un primor de Homos en todas sus acepciones, ramas y categorías. Por lo visto, el Neandertal era lo máximo. Una pena que se extinguiesen. De lo contrario, ahora serían la élite de los homínidos, o quizás la casta, como gusta etiquetar recientemente. Ahora se habla mucho de la paleodieta. ¿Les suena? Vendría a ser algo así como intentar emular la alimentación de aquellos seres para conseguir una pureza, una salud de tales proporciones que hasta tu propio cuerpo se asusta de lo bien que estás. Todo energía. Conocía el tema, pero esta semana leí una entrevista con un especialista en la materia que, además, habla ya de «paleovida». Y «paleodeporte». Se trata de levantar troncos y piedras, de reptar y moverse como se supone que hacían nuestros ancestros. Todo muy básico, muy orgánico. No era vasco, aclaro. Ah, y todo eso hay que hacerlo en ayunas, sin la «recompensa» de la comida «que luego sienta de maravilla», aclaraba. Según dice el muchacho (recuerdo que era calvo), los resultados son espectaculares. Si se combina ese ejercicio con la mencionada dieta (nada de cereales, azúcares, bebidas gaseosas, grasas…), puede que incluso llegues a levitar de bienestar. A ver, reconozco que me cuido bastante, pero no sé si todo esto se nos está escapando un poco de las manos. Quiero decir que hemos pasado de cero a cien en pocos años. Hasta hace poco, este era un país de barrigones, cerveza, tapita, mucho tabaco y copiosas comilonas. Todo sin prisa, abusando, haciendo alarde de ello y hasta elevándolo a categoría de arte popular. Hemos pasado de aquellos excesos a un subidón actual, cada vez más masivo, de culto al cuerpo. La gente no para de correr, de montar en bici, de apuntarse a triatlones, a pruebas extremas, a maratones… Gente con la que ya no puedes quedar tranquilamente porque está «entrenando» como si de profesionales se tratara. Y cuando quedas para comer, cuentan las calorías, calculan, equilibran o se reservan. ¡Así no hay quien se coma un arroz, hombre! Hablo de personas mayores con cuerpos de jóvenes y caras de personas mayores, con mallas apretadas, zapatillas carísimas y los más variados y sofisticados complementos. Runners. Guerreros del futuro contra el sobrepeso. Atletas de mirada perdida, trepando por cuestas o perdiéndose por los campos y montañas con relojes GPS. Que hasta los animales piensan: «¿Pero qué les está pasando? ¿Están desalojando las ciudades? Quiero pastar tranquilo».
No parece que sea una moda; más bien, una nueva manera de vivir, de intentar no morir nunca. Cosa bastante absurda, por cierto, porque ya sabemos cómo acaba la película, ¿no? Quizá sea un acto reflejo ante la perspectiva de que, a este paso, no nos jubilamos hasta los ochenta, y como tengas que confiar en la Seguridad Social… Que la ultravejez nos coja atléticos.
Yo hago dieta, sí. Lo confieso. La hago porque tengo que verme cada noche en un plató y las cámaras son muy injustas con los rechonchos como yo. ¿Creen que la hago a gusto? Pues no. Ni mucho menos. Es como si una información grabada a fuego en mi ADN me recordara continuamente todo lo que me estoy perdiendo. Frustración continua. ¡Me gusta comer, comer mucho y muy sabroso! Lucho contra ello en cada hora del día. Mis pasos me empujan a las pastelerías, a las pizzerías, a los asadores, a las arrocerías. Pero mi cabeza manda una orden (con la que no estoy de acuerdo) y entonces rehúyo esos templos del sabor y me dirijo incomprensiblemente a un bar y pido un agua y un café. Y ya está. Así hasta el próximo envite de gula, que sofoco como puedo a base de carne a la plancha, pescados y verduras. Como si estuviera enfermo. ¿Paleodieta? Sí, pero con todas las consecuencias. Yo la hago si puedo vestir pieles, vivir semidesnudo, no trabajar, dormir y fornicar sin criterio, gritar y hacer mis necesidades por doquier. O todo, o nada. Como eso no puede ser, seguiré siendo un goloso reprimido. Un hombrecito con sobrepeso del siglo XXI. Un atribulado Homo sapiens convencido de que ha evolucionado cuando, por lo visto, se trata de todo lo contrario.
«Memorias en diferido» en Interviú